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CIUDADANOS DEL CIELO "Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo" (Filip 3, 20-21 ). Hoy está de moda eso de ser ciudadanos del mundo. Se pre– tende así construir un mundo sin fronteras, sin racismos, sin ban– deras, sin pasaportes ... Sentirse todos hermanos... Miembros de una gran familia que habita en el mundo. Instalados en ese gran hogar de la tierra que rueda en el espacio entre millones de estre– llas deshabitadas. Una gran idea. Pero hay que decir que esos hombres que tie– nen un pasaporte enseñado con orgullo, acreditativo de su ciuda– danía mundial y pagan su cuota por ello, se conforman con poco. ¡Somos ciudadanos del cielo! Esto no es un mito, es una realidad. Hay que decir que la idea de los hombres es plausible, por cualquier ángulo que se la contemple. Pero hay que afirmar, realís– ticamente, que es muy poco lo que el hombre ha conseguido, a pe– sar de todas las ONUS y asociaciones similares. El hombre pone su ideal en ello, pero la tierra cada vez está más partida y repartida. Sólo Dios, "con esa energía que posee", es capaz de ello. La energía de Dios se manifiesta de vez en cuando, para terror y tes– timonio de los hombres, en la tierra. Cuando la tierra tiembla, las ciudades se bambolean. Cuando los volcanes estornudan, los hom– bres tiritan. Y esto no es nada más que una minúscula prueba del poder de Dios. Porque la fuerza de Dios va sobre las almas. Quiere la trans– formación de los espíritus. El gran dramaturgo inglés Shakespeare -324-
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