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das en los colores de la patria, suelen leerse las palabras: Todo por !a patria. Pero todavía hay un servicio superior: El servicio a Cristo. En alguna parte hemos comentado que Cristo ha sido el perfecto ser– vidor de los hombres: "Un hombre para los hombres". En justa correspondencia nosotros tenemos que servirle a él. Se ha dicho que "servir a Dios es reinar". Cristo es Dios. Y servirle a él es ser ciudadanos de ese Reino que él vino a implan– tar en la tierra y que florecerá en todo su esplendor en el cielo. Servir a Cristo es servir a los hombres, porque todo el Evan– gelio es caridad: amor a Dios y amor a los hermanos. Por tanto es implantar, hacer triunfar, el amor de Cristo en medio de los huma– nos. Se escribió antiguamente -se le ha atribuido a Hobbes- pe– ro ya Platón la escribió "que el hombre para el hombre es un lobo". Nosotros, aunque los lobos pululan en los montes y en las junglas de asfalto, seguimos manteniendo que el hombre para el hombre es un hermano. Por esta idea luchamos, por esta idea morimos, y ése sería el mejor servicio a Cristo. Como Epafrodito, un perfecto desconocido para nosotros, pero que "por el servicio de Cristo estuvo a la muer– te". A veces surgen otros hombres no tan desconocidos que dan la vida y la muerte por el servicio de Cristo y de los hombres. Un ejemplo que ha dejado profunda huella el de S. Francisco de Asís. De él es aquella oración tan conocida que comienza: "Quiero ser, Señor, instrumento de tu paz. Que donde haya odio... ". Oración que concluye: "Haced que busque consolar, no ser consolado. Compla– cer, no ser complacido. Amar no ser amado. Porque el que diere es quien recibirá. El que de sí se olvidare, ése hallará. El que perdona– re, será perdonado. El que muera a sí mismo será resucitado". Francisco, fiel servidor de Cristo y de los hombres. Como po– demos ser tú y yo. -321-
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