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AL SERVICIO DE CRISTO "Así pues, le envío más prestamente, para que, viéndole de nuevo, os alegréis y yo quede menos triste. Recibid/e, pues, en el Señor con toda alegría y honrad a los que son como él, que por el servicio de Cristo estuvo a la muerte, habiendo puesto en peligro su vida para suplir en mi servicio vuestra ausencia" (Filip 2, 28-30) (U.E.). Sin duda no nos gusta la visita a los cementerios. Pero todos te– nemos que visitarlos algunas veces. A mí particularmente me gusta fijarme en las lápidas: los nom– bres, las fechas... Ancianos, jóvenes, niños... Personas perfecta– mente desconocidas para nosotros, quizá muy queridas, con una ri– ca biografía grabada en los corazones, para sus familiares. No vi nunca una inscripción similar a aquella que dicen hizo grabar en su tumba un caballero borgoñés: "He aquí un hombre que ha salido de este mundo sin saber para qué había venido a él". Hay algo inmensamente peor que despreciar la vida, es no saber utilizarla bien. Dejarla que ruede sin sentido de una parte para otra, matar el tiempo hasta que el tiempo nos mate a nos– otros. La vida vale mucho -insistimos en la idea- es un auténtico tesoro, por eso merecen todo nuestro desprecio aquellos que la derrochan al mal tuntún. Aquellos que no le dan a la vida una fi– nalidad. Cuidar la vida, engordar el cuerpo, mimar las arterias, corno si fueran cañerías, y nada más, es tan poco, tan poco, que es simple– mente rebajarnos al nivel de los simples animales. Hay que pasar por la vida dejando una huella en el mundo. La huella puede quedar en la familia, donde florecen los hijos y los buenos ejemplos de los padres. La huella puede estar en el servi– cio a la patria. En las puertas grandes de los cuarteles, enmarca- -320-
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