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La vida es un don de Dios, y hay que saber conservarlo, no hasta límites neuróticos, obsesivos, como si sólo eso existiese, pero sí como un bien, que hace que todo vaya sobre ruedas en es– te mundo. Y no hay por qué acumular tristeza sobre tristeza. Lo mismo podríamos decir sobre la amistad, la separación de la muerte, y mil etcéteras. Sobre todo eso ha hablado San Pablo en esta preciosa carta. Y la palabra de San Pablo es palabra de Dios. Y San Pablo, un hombre desarraigado por amor de Cristo de su patria y de su pro– pio pueblo, es un hombre con corazón, que sabe amar todo lo que de bueno tiene la vida. La lección que nos da nos sirve a nosotros más que a nadie. Si alguna vez pudieron servir a los humanos ciertas ascéticas del desarraigo, de las penitencias casi criminales, hoy eso no va a la sensibilidad humana, ni a la sensibilidad religiosa. Y pensemos que la gracia edifica sobre la naturaleza. Y que para ser santos, hay que ser antes hombres. Si fue dicho "que un santo triste es un triste santo", habrá que repetirlo actualmente por los mil altavoces de la difusión moderna. Porque hoy se ama la vida. Se ama todo lo bueno que tiene este mundo, que pese a quien pese, va caminando hacia el progreso. Y mandar a los hombres que destruyan todo esto, que todo eso es malo, es mandarles el absurdo incomprensible. Por esa ruta no se llega a ninguna parte. Hoy los hombres piden una razón para vi– vir, para esperar y para morir con esperanza. No es despreciando esta vida como se superexalta la otra. La otra es continuación de ésta. Y la semilla de eternidad que el hombre lleva aquí flore– cerá en el más allá. La muerte no es el final, sino el principio, la puerta negra que se abre a un porvenir radiante. Todo eso y mucho más nos dice el Concilio en el n. 18 de la "Gaudium et spes". Será bueno que nos pongamos al día leyendo esos textos. Que comprendamos que el Evangelio eterno bien me– rece una interpretación actual. De ahora mismo. Amemos la vida y todo lo bueno que nos da la vida: la fami– lia, la amistad, la salud, cosas de las que nos habla hoy San Pablo. Y esperemos que por ser valores perdurarán siempre. -319-

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