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LA VOLUNTAD DE DIOS "Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradar/e. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida". ( 11 Cor. 5, 8-10). El secreto de la felicidad aquí y en la otra vida es el cumpli– miento de la voluntad de Dios. Agraciarle constantemente, hacer siempre lo que él quiere de mí. ¿Cómo conoceremos eso? No espe– remos que llegue un ángel cada mañana con una tarjeta en su ban– dejita de plata trayéndonos una consigna de parte de Dios. O que nos hable Dios de noche como a Samuel. No. La voluntad de Dios se manifiesta en los mil acontecimientos de cada día. En el deber, en el trabajo, en el reglamento. Y en lo que no está reglamentado. En eso que nos sorprende desagradablemente, que nos saca de .nuestras casillas y que también es la voluntad de Dios. Decía San Francisco de Sales: "Amar la voluntad de Dios cuando nos vemos endulzados por los consuelos es, sin duda, bue– na cosa, si es que se ama la voluntad de Dios y no la consolación. Amar la voluntad de Dios manifestada en sus mandamientos, con– sejos e inspiraciones, es un amor aún más elevado. Pero si, por amor de Dios, ambicionamos el sufrimiento, la desolación y otras pruebas semejantes, hemos alcanzado las cumbres del perfecto amor, ya que entonces no reconocemos otro amor que la santa voluntad de Dios". Seguro que nos ha entrado un escalofrío ante esas palabras de San Francisco. ¡Cosas de santos, decimos! Pero resulta que to– dos estamos llamados a la santidad. Lo que sucede que no vamos a subir de un salto, encaramarnos en la cumbre y ya está. Es cosa -314-
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