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mas más agudo cuando alguien muere. Aunque cristianamente ha– blando la muerte sea una vuelta a la patria definitiva. Pero qué se yo. Todos sentimos angustias ante la muerte. El propio Cristo lo sintió. No quiso ser excepción. Por eso no debemos extrañarnos de sentir lo mismo. La vida, nuestra vida, es un destierro. Nos lo recuerda San Pa– blo. Hay una patria celestial a donde todos tenemos que ir. Y eso no son músicas celestiales. Eso nos lo dice la fe y tenemos la con– fianza de lograr un día glorioso esa orilla feliz. Caminamos guiados por la antorcha de la fe. Por muy lumino– sa que sea, la fe es oscura. Tienes que creer sin comprender mu– chas veces. Tienes que creer la palabra de otro. Tienes que ser co– .mo el hombre que en pleno invierno espera el florecer de los árbo· les, o como el caminante en medio de una noche que sabe que por muy larga que sea, llegará la aurora. Y que en la noche brillará la luz del Señor. Lo dice el cántico popular y litúrgico: "Por el desierto el pueblo va cantando su dolor en la noche brillará tu luz, nos guía la verdad". Esa luz que nos guía es la misma palabra del Señor que nos ha anunciado que al final de este desierto de la vida, por seguir la metáfora, hay un oasis de paz, de luz y de amor, que se llama el cie– lo. Y el cielo es para nosotros. Esa confianza es la que nos sostiene. La confianza ha de sos– tenernos siempre. Hay que ser optimistas, siempre, por cristianos, y por personas en camino. El caminante es el hombre de la espe– ranza. Si no ¿para qué emprende el camino? Aunque sea dar la vuelta a la noria de la vida. Cada mañana, cuando abrimos la ventana al amanecer de un nuevo día, cada rayo de luz es un grito de esperanza. Hay que ser -311-
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