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truir ese edificio que las manos de Dios nos van haciendo para una eternidad feliz. Pueden ser los cimientos de la humildad. Co– mo en Pedro, en Agustín, y en tantos pecadores que llegaron a santos. Porque sin cimientos no hay edificio sólido y sin humildad no hay santidad. ·· Por ello dejemos a un lado novelas románticas y hagamos bue– na la parábola de los viñadores llamados a la viña. Trabajemos siem– pre, rectamente, cristianamente, pero si nuestra vida fue un error, no desesperemos nunca. La última hora puede ser la hora del acier– to definitivo. La del gol del triunfo. -306-
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