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en el silencio de la noche: ¡Oh! ¡Si pudieran volver otra vez los años de mi juventud! ¡Oh, padre mío, colócame otra vez en el cruce de los caminos de la vida, para que pueda escoger de otra manera!" Muy romántico. Y una verdad a medias. Y como todas las ver– dades a medias la peor de las mentiras. Nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, está llena de errores, de equivocaciones, de rumbos extraviados. No habrá nadie tan puro, tan optimista, tan ... , que no tenga nada de qué arrepen– tirse. Sólo Dios es bueno, santo, y sabio. Los demás... Por eso él mismo nos dio la posibilidad de arrepentirnos en cada momento. De enmendar la plana. De retornar, cada hora, a esa juventud del cruce de los caminos. El mismo es el Padre bue– no que nos pone en esa alternativa. Y bien sabemos que "un buen morir dignifica toda la vida". Y que nunca es tarde cuando queremos arrepentirnos. Y que el Buen Ladrón robó en el último golpe de su carrera el mismo cielo. Pienso que en esta tarea de labrarnos una morada en el cielo hay que dar la mayor y mejor parte a Dios. No que nosotros tengamos que cruzarnos de brazos en un quietismo absurdo y anticristiano. No. Nuestra tarea ha de ser esforzada y denodada. Pero... Si no fuese por él, por su gracia, por sus sacramentos... ¿qué sería de nosotros? Por ello nada de mirar desoladamente atrás. Eso puede conducir a la desesperación. Somos hombres de esperanza porque somos cristianos. Y esperamos en él. No hay una vida tan negra, tan desacertada que no pueda arreglarse, en un momento, con un acto de amor a Dios nuestro Padre. Dice San Pablo: "Todo contribuye al bien de los que aman a Dios", y añadía San Agustín: "También el pecado". Por– que el pecado, una vez que nos hemos arrepentido de él, que se .nos ha perdonado, puede ser la mejor argamasa para cons-

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