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-Hermanos, morir tenernos. -Ya lo sabernos. Uno se permite dudar de tanta obsesión ante la muerte. Lo que no duda es que la llamada muerte tiene su antesala en la enferme– dad y el dolor. Y en la corrupción. Y en la angustia... No son nada más que batallas en esta lucha del hombre por la inmortalidad. Po– dernos perder muchas batallas, pero vence aquel que gana la últi– ma batalla. Vale aquí lo de "no importa perder una batalla, importa ganar la guerra". Esta es nuestra fe. Lo otro son anécdotas. Las imaginaciones piadosas sobre la forma, lugar y modo del cielo, de las dotes de los cuerpos resucitados, son teologías más o menos fundamenta– das. Pero lo cierto es que el traje de etiqueta para el Reino de los cielos está tejido de incorrupción e inmortalidad . Y también, que por mucho que hablemos de larvas, estarnos destinados a ser mariposas. Que muriendo poco a poco a lo co– rruptible, alcanzarnos la incorrupción detrás de la muerte. Lo ex– presó maravillosa y líricarnente Pernán en su drama "Cisneros": "El que no sabe, morir, mientras vive, es vano y loco, morir cada hora su poco es el modo de vivir. Vivir es apercibir el alma, para tener la vida muerta al placer y muerta al mundo, de suerte, que, cuando venga la muerte, le quede poco que hacer". Tan poco que hacer que casi todo lo hizo El. A una niña que iba a morir, le preguntó el sacerdote: -¿Tie– nes miedo a la muerte?- -Antes sí. Pero cuando lo de la avispa se me quitó el miedo. -¿Lo de la avispa? -295-

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