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un plano secundario. Como si hubiera sido un delegado del Padre para reabsorber todas las cosas en él en la tierra, y luego de some– terlas, someterse él también. Cuando hablamos de Cristo decimos que está a la diestra del Padre. Algo así como en un podium, donde el de la derecha está un poco más abajo, y el de la izquierda toda– vía un poco más. Poco más o menos así nos imaginamos nosotros el estar de las tres personas divinas, pero sentados. Una cosa es lo que nos imaginemos y otra muy distinta lo que es. Sabemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un solo y mismo Dios. Iguales en todo. Porque en Dios sólo existe una natu– raleza divina. Las tres personas se diferencian por unas relaciones, que son precisamente de amor. Que unen más que separan. El Apocalipsis, que se entretiene un poco en describirnos ese nuevo reino que espera a todos, dice: "A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. ¡Mirad! El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que le atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Amén. Dice Dios: Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y que viene, el Todopoderoso". (Apoc. 1,5-8). Bien sabemos que Cristo es el principio y el fin. Que es Dios. Y que Dios lo será todo para nosotros. Cristo fue el que acercó Dios a nosotros o nosotros a Dios. Lo cierto es que la revelación que él hizo de Dios fue más directa, más paterna, más amorosa. Conocemos más a Dios gracias a Jesucristo, y porque conocemos más a Jesucristo: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre". Enton– ces, en el cielo, veremos a Cristo y al Padre y al Espíritu Santo. A Dios. Ese Dios que se nos ha ido revelando a lo largo de la vida, y que durante la eternidad será para nosotros la comunicación ple– na. Y no bastará toda la eternidad para cansarnos de su conoci– miento y de su amor. Amor mutuo, de él para nosotros y de nos– otros para él. El cielo será él. Y él "lo será todo para todos". -287-

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