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Efectivamente es así. Allí como en todas partes. La batalla a la muerte hay que darla de otra manera. Tratando de alcanzar el barco que nos lleva a ese reino donde no se muere y donde se vive feliz. Y esa batalla la dio y la ganó Cristo, para él y para todos nosotros. La secuencia litúrgica del domingo de Pascua de resurrección nos lo recuerda: "Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es Vida triunfante se levanta". "Primicia de los muertos sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu vi etaria santa". Tenemos, por tanto, plena seguridad de que la muerte ha sido vencida. Y que bajo los pies del gran Rey vencedor ha sido pues– to todo. Todos los enemigos de él y de nosotros, el último de los cuales, -como nota· más aguda en este crescendo de dolores, in– justicias y miserias-, es la muerte. La liturgia, hablando de este reinado de Cristo dice en el pre– facio, que es como un himno triunfal: "Y sometiendo a su poder la creación entera, entregará a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz". No se trata de leyendas. Es una gran verdad que nosotros ve– remos un día. Si ahora no lo vemos es porque mi reino "dentro de vosotros está". Y lo interior, lo experimentamos, pero no lo vemos. Y porque su plenitud tendrá perfecto cumplimiento en la otra vida: -283-
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