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-No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz· que yo tengo de beber? -Podemos. -Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi diestra o a mi siniestra no me toca a mí otorgarlo; es para aquellos para quienes está dis– puesto por mi Padre" (Mt 23). Lo oyeron los otros discípulos y se enfadaron. En su enfado latía, larvada, una gran envidia. Sin dúda cada cual aspiraba a ser el primero. Nosotros también lo hemos oído. Bueno será que aspi– remos a los primeros puestos, pero sin envidia. No sabemos cuá– les serán, pero sí estamos seguros que no habrá envidia. La dicha que nos está reservada excluye toda envidia. Esta corroe la felici– dad. Y una cosa hay completamente cierta, y es que la felicidad del cielo será plena. Conocemos la anécdota de la vida de Santa Teresa de Lisieux, que aspiró siempre a todo, en el orden espiritual. De niña no com– prendía cómo se podría ser feliz en el cielo teniendo menos que otros. Su hermana Inés se lo demostró prácticamente. Le hizo traer su pequeño vaso, se lo llenó de agua. Luego llenó el suyo, que era mucho mayor. Y preguntó: -¿Cuál está más lleno? (Si la respuesta hubiera sido cuál tenía más agua... ) Pero llenos, llenos, ¡Los dos igual! Pues así en el cielo: todos plenamente felices, pero cada cual en su puesto. En la oración por los difuntos de la tercera plegaria eucaris– tica se dice: "Y a nuestros hermanos difuntos y a cuantos murie– ron en tu amistad recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allá enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres,· Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti, y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo nuestro Señor". -279-

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