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mística, real urnon de Cristo y los cristianos. Estamos unidos en la muerte y en la vida. Somos uno. Nos ha incorporado a sí. Lo que quiere decir que se ha encar– nado en nosotros, con lo cual se significa que el destino de nues– tra carne es el de su carne. Y la suya sabemos que ha sido glori– ficada. Por eso no somos los más desgraciados de los hombres, sino los más felices de los hombres. ¡Resucitaremos! Hay un cántico actual, religioso, que con fondo de aleluya di· ce así: "El Señor resucitó y nos dio la salvación. Cristo es nuestra libertad: a la muerte él venció. En el cielo espera Dios: caminemos hacia él. Siempre alegra el caminar. ¡Cristo con nosotros va! Esperanza él nos dio viviremos junto a él. No perdamos la esperanza. Puede se1 'lUe alguna vez el sol se ponga, que la noche sea más oscura que nunca, que nos encon– tremos al borde del abismo. Pero "bueno es en .plena noche pen– sar en la luz". Hace muchos años escribió Luis Vives: "Acuérdate que como has dormido y después has despertado, así nuestros cuerpos des– pués de la muerte han de dormir, y que Cristo los ha de resucitar cuando se mostrare juez de vivos y muertos". Juez de una esperanza. Porque él nos dio motivo para espe– rar. Buscó, luego de resucitado, aparecerse muchas veces y de muchas maneras, para que aquellos que lo vieron lo testificasen. Y dijo también: "Bienaventurados los que sin ver crean". Esa bien– aventuranza es para nosotros. Por ello, aunque el alma se nos hunda, a veces, en la noche de la desolación, de la desesperación incluso, terminemos gritan– do lo de San Pablo: ¡Pero no! -275-

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