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ta menor duda. Testimonios cantan. Y él mismo, personalmente, lo atestigua, porque le vio resucitado. Y si Cristo resucitó, todos nosotros resucitaremos. Porque no somos ni más ni menos que los miembros de una cabeza que sur– gió incorrupta y gloriosa de la muerte. Todo es consecuencia de la doctrina del cuerpo místico de Cristo. Murió, sí. Para enseñarnos a no temer la muerte. Y resucitó para que cobrásemos la gran esperanza. El mismo San Pablo nos dice en otra parte: "Si con él morimos, viviremos con él. Si con éí sufrimos, reinaremos con él". "¡Acuérdate, por tanto, de Cristo, re– sucitado de entre los muertos!". Un recuerdo que debe ser frecuente en nuestras mentes de cristianos. Para no dejarnos abatir por tantas y tantas miserias co– mo nos aplastan. Llegará el día de la verdad. Llegará el día del triunfo. Llegará el día de la inmortalildad. Llegará el triunfo sobre el dolor. Llegará el triunfo sobre la corrupción. ¡Llegará nuestra resurrección! Si Cristo no hubiera resucitado, podríamos dudarlo. Porque si él no, por qué nosotros sí. Pero él resucitó y entonces la duda no puede existir. ¿Por qué? Porque entonces quedaría incompleta la resurrec– ción del mismo Cristo. Pues sólo habría resucitado una cabeza. Lo cual, en términos humanos y divinos, sería una monstruosidad. Se– ría como un relato de terror. Y justamente el relato de la resurrec– ción de Cristo es todo lo contrario: Es el relato de la alegría, del aleluya, de la gloria... Recuerdo aquello que me contaron de un leproso cuya carne iba cayendo a pedazos. Era un hombre de fe. Y cada vez que se desprendía un trozo de su cuerpo, le decía cariñosamente: "Espé– rame para el día de la resurrección". -271-
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