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camente imposible. El sufrimiento de cada cual es tan íntimo que a nadie duele más que al que le duele. Nos podemos condoler, acompañar en el sentimiento, acompañar al enfermo, decirle fra– ses como ésta o parecidas: "Cuánto daría porque eso me sucedie– se a mí y no a ti". Pero al fin frases. El dolor que se le ha clavado en el alma o en el cuerpo, él tiene que llevarlo. Nosotros podemos sobrellevarlo, ser su Cirineo. Más, nada. A veces, hacemos lo contrario. Juzgamos la enfermedad del prójimo como si fuese igual a aquella que tuvimos nosotros. Somos la medida del mundo. "Eso que tú tienes lo tuve yo, y nada... ". Y resulta que el prójimo es un quejica y nosotros ¡qué valientes! So– mos tan inclinados a esto que las excepciones confirman la regla. Y sólo las personas muy inteligentes recuerdan aquello de que no hay enfermedad, sino enfermos. Y que aunque sea una enfermedad gemela, el dolor puede ser muy distinto. El único que nos comprende, que nos juzga diferentes e idénti– cos, es Cristo. Porque él "asumió todas nuestras enfermedades y dolencias". Por algo es nuestra cabeza. Pero a pesar de toqo, es el único que nos considera diferentes, y respeta nuestra individua– ción e identidad. Y respeta al máximo nuestra libertad. Debiéramos saber imitarlo, cuando nos acercamos, pqr ejem– plo a un ser que sufre, para consolarle sin molestar, sin avasallar, sin burlarnos de su enfermedad, para decir que no tiene nada. En una sociedad cristiana como la nuestra, esto se da mucho. Pongamos por ejemplo la Seguridad Social. Es frecuente que los que sufren, se quejen que no les toman en serio, que no le.s conceden la baja, y los dan de alta antes de tiempo. Todo por el vil metal. Por lograr, los que están arriba, unas ganancias a costa del sudor y del dolor de los demás. Eso entre cristianos. Debiéra– mos acordarnos, al rezar el Padrenuestro, que luego de pedir el pan de cada día decimos aquello de "perdónanos nuestras deu– das así como ... ". Con la misma medida con que nos medimos de– biéramos medir a los demás. Con la misma misericordia de Dios al que llamamos Padre, porque somos hermanos y miembros de Cristo. ·-267-

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