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por la vereda de nuestras opiniones y no les reconocemos el dere– cho a opinar. Y nos peleamos absurdamente en la Iglesia de Dios, a veces, por tonterías. Queriendo que ya que nosotros somos ojos --para ver todos los defectos que existen--, todos los demás lo sean o al menos labios para cacarear todo el mal o malas intenciones que nosotros adivinamos por doquier en la Iglesia de Dios, empe– zando por el Papa y terminando por el último de los feligreses. ¡Así somos los cristianos!
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