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U MISIÓN DEL CONGO 301 ame y sirva, y esto en todos tiempos y edades. Verificándose en eso lo que predijo el profeta Joel y explicó a ¡os hebreos de Jerusalén San Pedro, después de fa v,enida del Espíritu Santo sobre los. Apóstoles y discípulos, como se refiere en el capítulo II de los Actos Apostólicos, cuyas palabras son !las siguientes y se pudieran comprobar con muchos y raros ejemplos maravillosos. de los siglos pasados y presentes: Et erit in novlssim,is diebus, dvc11t Dominu,s, effundam de, Spirvtu meo sup 1 er omnem ca,rnem; et prophetabunt filii vestri et filiae veistrae, et juvencs 11estini visiones vide-bunt et seniores vestri somnia somniabunt. Et qu,i– dem super servos m1Ms et super ancillas meas in di~'bus illi,s effund'am de Spir~tu meo ,et prophetabunt, · et daba .prodvgÍ!a in coelum su,rsum et signa in terra de·orsu11i, sanguinem, et ñgnem et vaporem futni (92). 18.-El caso, pues, sucedió de ,esta forma. Enfermó un hombr,e ca– sado y, habiéndos,e confesado conforme lo tenían dispuesto los religio– sos, pórque no muriera sin Sacramentos, como miserabk se dejó ve1- cer ,del ,enemigo y calló en fa confesión el que actualmente tenía una manceba. Habiendo sucetlido esto así, quedó -el hombre co~n el remor– dimiento de conciencia que se puede presumir, que en . ta!les casos el mayor verdugo ·es el •estímulo de la propia conciencia ; pero con todo eso se quedó ,en su culpa y sin procurar salfr de ,ella. A ,este tiempo la majestad de Dios, usando ,de su infinita misericordia, en vez de cestigar a es·te hombre severamente, 1 le dispuso a la gracia por ,el medio sigui-en– te, para que conozcamos cuán derto es que su Majestad no desea la muerte del' pecador, por abominable que sea, sino que se convierta y viva. 19.-Estaba, pues, •este hombre sentado al fuego , vacilando sobre d sacrilegio que había cometido en callar su pecado en la confesión, y -en ,este üempo llegó una mujer veneiraMe a él, tapada con una manti– lla blanca, y 1 le <lijo: «Levántate y v,ente conmigo, porque mi hijo te espera para decirte Jo que conviene a tu salvación.» Salieron ambos de casa y, habiendo caminado algún ,espacio fuera de la población si;n has blar palabra, se le apareció l11.1ego Cristo Señor nuestro, puesto en fa cruz, y le dijo las siguientes palabras: «Mira lo que por ti he padeci– do y la sangre que vierten mis llagas, -reparó corría sangre de füdas ellas-,, y tú , en lugar de serme agra<leci<lo viviendo en santidad y jus– ticia, me ofendes a todas horas y has intentado engañar a mis ministros en la confesión. Basta ya lo pasado : confiesa enteramente tus culpas y (92) Joel, _2, 2830.

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