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MISIONES CAPUCHINAS EN ÁFRICA bajar fielmente y preparasen sus ánimos para los trabajos y persecu– ciones que en la visión siguiente se ~es anunciaba y después sucedieron puntualment•e. 3.-Había en San Salvador una mujer casada, sencilla y temerosa de Dios, la cual E-Ta congregante de la congregación de la Purísima Concepción y del Rosario de Nuestra Señora. Fué un día su marido al convento, muy triste y afligido, a llamar ar P. Fr. Francisco de Veas, que solía confesarla, y le dijo que su mujer estaba muy enferma de cierto accidmte repentino que le había dado y que tenía que hablarle, para lo cual le suplicaba se llegase a su casa. El Padre juzgó que que– rría confesarne y así, sin más dilación, se fué con el marido a su casa. Entró en ella y halló a la muj,er en brazos de otra, acompañada de al– gunas vecinas, y, tan postrada, que ape:nas tenía facultad. para pro– nunciar las palabras. 4.-Preguntó el Padre si quería reconciliarse y respondió que no tenía e.ntonces necesidad : que para lo que le habíla enviado a llamar era para referirle una visión que había tenido, ,en la cual se le había man– dado la comunicase con su confesor. Apartó la gente y comenzó a re– ferirla en esta "forma : «Sabrá Vuestra Paternidad cómo estando enco– mendándome a Dios, repentinamente quedé privada de los sentidos ; luego vino el ángel San Gabriel y me: cogió de la mano derecha y me llevó por un camino tan angosto, que apenas podía sentar ambos pies. Delante de mí ví que iba nuestro S. P. S. Francisco, cuya santa cuer– da me servía de báculo para no caer por senda tan estrecha. Por últi– mo, Uegamos a una gran corte, que no parecía ser la celestial; allí, ví a Cristo Señor nuestro, s,entado en un trono de gran majestad y glo– ria, y alrededor a los Santos Apóstoks, a S. Miguel al lado derecho y a nuestro P. S. Francisco al izquierdo, el cual se puso allí con una vara en la mano ; detrás de los cuales se descubría una infinidad de santos y bienav,enturados y entre ellos conocí al P. Fr. Buenaventura de Cerdeña y Fr. Gabriel de Valencia, vestidos y adornados de unas ropas muy preciosas. 5.-«Apenas fuí puesta en la presencia del soberano juez, cuando llegaron dos crueles verdugos, de figura tan horrenda que me causa– ron gran temor y espanto, los cuales presentaron en aquel tribunal severo el alma de un infeliz pecador que acababa entonces de salir de su cuerpo. Estos comenzaron a alegar que aquella alma era suya, por habe.r muerto en pecado aquel hombre ; dió el juez supremo sentencia de condenación contra ella, y, aunque mostraba pedía perdón de sus

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