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MISIONES CAPUCHÍNAS EN ÁFRICA del c,elo ,de la honra y gloria de Dios, así como otro Finees, hijo de Eleazar, no con puñal, como aquél, ni quitándole la vida, como se la quitó a Zambri y a su torpe consorte Cozbi, sí con el báculo que Ue– vaba le dió unos grandes golpes que le hizo salir huyendo de la casa y ,dejar allí todos los trastos de sus hechicerías. Recogió luego todas las invenciones y sacos que había tra~do para la cura d,e la enf.erma pa– ra pegarles fue.-go, y, en acabando con esa diligencia, entró a repren– der a la enforma el que se dejara aplicar tan diabó¡icas medicinas. 8.-Halló ya muerta la mujer y que el maldito espíritu del hechice– ro Ja había quitado Ja vi.da con la bebida ponzoñosa que llaman la en– caza, que es un veneno irremediable y pózima inventada por Satanás y practicado ,de sus innumerables esclavos los hechiceros para destruc– ción de la virda humana. !La causa ,de los visajes que hacía al tiempo que el religioso le acechaba, no nacip de que él pretendie•se ya darle salud a la mujer, sino de que, viéndola muerta y que la había él quitado la vida, quiso disimular su pecado y dar a entender que la curaba, como si estuviera enferma y no muerta. Al fin, compadecido el santo Padre de suceso tan infeliz, hizo oración a Dios y con tal fe y ,eficacia, que sin otra diligencia y formar sobre el cadáver la seña_l de la cruz, la re– sucitó al momento buena y sana. Quedaron los circunstantes justamen– te: <11dmirados del prodigio y la mujer muy desengañada y arrepentida de sus culpas. 9.-El segundo caso que se refiere de este bendito Padre sucedió hallándose en la provincia de Esebo, v•ecina a la de Sundi, a donde fué a apaciguar cierta gue'rra que se movió entre el señor de allá y sus va– sallos, los cuales se habían rebelado contra él sin motivo ni razón. Era el conde ,de Esebo natural de San Salvador ; llamábase Don Gr,egorio y, desde que habían llegado a aquella corte los Capuchinos, se había criado con su doctrina y ejemplo, asistiendo muy puntual a las congre– gaciones. Tenía devoción de rezar a coros con su familia el Rosario die la Virgen todos los días, como se le babia enseñado . Estando, pues, para salir a dar la batalla, le encargó a su muj•E.'r y criados que, en el ínterin que peleaba, le rezasen el santo Rosario, como solían, para que la Virgen Je concediese la victoria de sus enemigos, que pasaban de veinte mil, siendo así que sus soldados aun no llegaban a cincuenta hombres. 10.-Hízose la señal de acome,ter y, a los primeros encuentros, co– menzaron a huir los r-ebeldes, con ser tantos, y al fin desampararon e1 campo y pidieron perdón al conde y él los recibió benignamrnte. He-

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