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MISIONES CAPUCHINAS EN ÁFRICA 3.-No trabajó menos ni fué menos afortunado su compañero el Pa– dre Fr. Buenaventura de Sorrento en el poco tiempo que asistió en esta provincia, que s,ería un año, porque a la verdad era incansabl,e en la reducción de las almas. Al fin del año de re'si-dencia fué preciso par– tirse a San Salvador por orden del Prefecto y petición del rey, que acordaron enviarle a Europa a proponer algunas dudas a la Sacra Con– gregac10n y a disponer la forma más conveniente para que así en Lis– boa como en Loanda no se les estorbase el paso a los misioneros que habí,an de ir en adelante al Congo y a otros reinos vecinos. Mas los portugueses, por sús razones de estado y por ser tan vivas las guerras con Castilla y ser el Pa,dre napolitano y vasallo de nuestro Rey Católico, lo llevaron tan mal, que le hicieron padecer mucho y pasar por las mo– lestias que diremos en otra parte, dándose en ello la mano los de Loan– da con los de Lisboa (87). 4.-A este religioso le sucedió que, habiendo quemado unos ídolos y trastos de hechizos en cierta libata, se alborotó la gente contra él y, pasando de las palabras a las obras, le oogieron y le dieron muchos golpes y le llevaron arrastrando con ímpetu y furia por espacio de me– dia milla. Este trabajo llevó el fervoroso Padre con tanta alegría y pa– ciencia, que aseguraba después a sus compañeros, que en toda su vida (87) El P. Buenaventura de Sorrento. al ser enviado a Europa, llevaba varias em– bajadas : entre ellas la de entregar en Lisboa los tratados de paz entre el rey del Congo y el gobernador de Loanda, Correa de Sá y Benavides; dar asimismo, en nom– bre del rey del Congo y de los Mi sioneros, la obediencia al rey de Portugal; pre– sentar a la Sda. Congregación de Propaganda varias dudas sobre la administración de los Sacramentos y por fin ver el modo de evitar las muchas dificultades que se oponían para la ida de nuevos misioneros al Congo (cfr. P. CAVAZZI, o. c., Lib. IV. capítulo III, p. 276 ss.). Se embarcó en Loanda a fines de diciembre de 1.649 y llegó a Lisboa el HO de marzo de 1650; alli presentó los tratados de paz mencionados y la carta del P. Prefecto Buenaventura de Alessano (25 noviembre de 1649) a Don Juan IV, participándole envía a Lisboa al P. B. de Sorrento para prestarle obedien– cia en nombre del rey del Congo y ele los Capuchinos (PAIVA, Manso , o. c., pp. 210-211). Se dirigió luego a Roma adonde llegó el 8 de julio de 1650. Cumplida su misión en la Ciudad Eterna, se dirigió a Lisboa en compañía de tres nuevos misione– ros; eran éstos el P. Jacinto de Vetralla, que iba nombrado Prefecto de la misión ; el P. Antonio de Lisboa y Fr. Nicolás de Nardó. Llegados a la capital portuguesa en julio de 1651, solicitó nuevamente la confirmación de los tratados de paz arriba mencionados. Consultado el Consejo ele Ultramar por el rey, aquel fué de parecer «se admitiesen los Capuchinos para predicar el Santo Evangelio en el reino del Con– go, con condición de que hiciesen el viaje por el reino de Portugal directamente a Angola, y que los misioneros no fuesen castellanos ni naturales de reino o estados sujetos a Castilla ni hijos de sus provincias» (Cfr. Arqitivos de A11,gola, 2.ª serie, II (1944) , pp. 185-188). Consiguientemente y por las razones indicadas, al P. Buenaventura y a Fr. Nico– lás, por ser italianos pero de provincias sujetas a Castilla, no se les permitió embar– car. Pudo sin embargo el primero hacerlo luego en Marsella y logró llegar por fin a,l Congo donde est1,1vo h¡¡.sta 1655 (Cfr. CAVAZZI. t c.).

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