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LA MISIÓN DEL CONGO vasen los niños a bautizar: que los padres de los muchachos de la es– cuela no saliesen de casa : que nadie fuese osado a llevarle al Padr•e leña, agua o cosa a1guna para su servicio, y que le quitasen el mucha– cho que le ayudaba a misa. 20.-Con esta novedad se conturbó la gente sin saber qué hacerse. El religioso llevó con tolerancia su trabajo y se preparó para la muer~ te, juzgando que pararía é'n eso el enojo del conde. Pasáronse algunos días sin dar muestras d·e arrepentimiento el conde ; •en el ínterin co– rrió la voz del caso por todo el condado y con su noticia se volvió a la banza su compañero ,el P. Fr. Juan Maríia de Pavía, que habí.a sa– lido , según se dijo, a hacer misión por la comarca. Los parientes del conde, ·especialmente su hermano don Crisóstomo, que había sido de la congregación <le San Salvador y criá<lose con 1a buena doctrina que allí S·é' enseña, 1-e aconsejaron que se humillase a la iglesia y pidiese la absolución de la ,excomunión. Alegáronle cuantas razones supieron, y ,especialmente el suceso siguiente, que por moderno y notorio le tenía muy ,en 1a memoria. 2l.-Sucedió, pues, que, pocos años antes que: Uegasen allí los Ca– puchinos, arribó al puerto de Pinda el Obispo, y como los naturales de esta población, por influencia de los holand,es,es, no 1e quisies,en de– jar desembarcar ni pasar a San Salvador, a donde dirigía su viaje para visitar la catedral, él mismo 'les amonestó que mirasen lo que hacían y que no se ,dejasen llevar de las influencias de los her,ej,es holandeses, que eran •enemigos ,declarndos de la Iglesia romana y de la r-eligión cató– lica. Con todo eso, tenaces en su primer resolución, no hicieron caso de la amonestación; díjo'les el Obispo que, si no trataban de darle paso, los excomulgaría y usaría con ellos de las armas de la Iglesia, pttes se mostraban tan protervos. No entendían mucho este lenguaje ni sa– bían la fuerza y virtud oculta de la excomunión y, para dársela a co– nocer, desde el barco donde s·e hallaba ' a la orilla del puerto, le echó su maldición a un árbol verde y muy frondoso que estaba allí cerca, como hizo Cristo Señor nuestro a la higuera, según refieren San Mas teo y San Marcos, cuando dijo: Nunquam e,x '/Je fruclJus 1ias-m.tur in sempiternum {86) . 22.-Apenas hubo pronunciado la maldición, cuando el árbo1, así como la higuera del Evangelio, se secó al · instante; admiráronse los (86) Thlath., 21, 10.

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