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MISIONES CAPUCHINAS EN ÁFRICA los vecinos al ruido de las voces y en br,ev,e rato se juntaron todos los de la población . Viéndolos ya juntos los repr,endíó el Padre áspera– mente, siguiendo el consejo de San Pablo dado a Tito su discípulo para los de Creta, en ocasión semejante: Omnia munda 11iimdú: coi-n– quinat?'.s autem e,t infidelibu,s nihil est mwndum, sed ·inquinatae s1tnt corum et mens et consc-ientia. Qumn ob caitsam increpa. iUos d1tre , ut sani sint in fide (83). 16.-Después hizo pegar fuego a los ídolos y sacos, con que vien– do el destrozo que hacía en ellos, no sólo le amenazaron con la muerte y a los que iban con él, pero, arrojándose' a las llamas de la hoguera muchos, sacaron los que pudieron, aunque medio quemados, y echaron a huir con -ellos. Los demás, prosiguiendo en su furia y amenazas, qui– sieron acabar con el Padre y su gente, con que le fué preciso suspen– der por entonces la quema de la casa y, cogiendo los ídolos restantes, los mandó llevar a la banza de Zambo para hacer de ellos una solemne hoguera en la plaza y que sirviese esta acción de castigo ejemplar a todos los de la provincia que adolecían d,e semejante peste. 17.-Sintieron esto los negros ·de la libata notablemente y, en ven– ganza del caso, no le quisi-eron llevar al Padre la ropa de la sacristía; con que se vió precisado a de jársela allí y partirse con los ídolos. Ape· nas le vió marchar el viejo hechicero, cuando partió arrastrando tras de él y le fué siguiendo por espacio d,e una milla, pidiéndole con vo– ces, lágrimas y gemidos le ·diese las imágenes, que así los llamaba. Repitió voces y gritos sin modo ni tasa, pero e-orno el Padre no hacía caso de sus ruegos y plegarfas, llamó aparte los muchachos que iban cargados con los ídolos y les ofreció dádivas y demás aun un cenia si les sacaban al Padre los ídolos y se los volvían. 18.-Refiriéronle los muchachos lo' que había pasado y el religioso se quedó atónito, considerando que aquel hombr·c desdichado y carga– do de años amaba más tierna y cordialmente a sus ídolos, fábrica de sus manos, que innumerables cristianos a Dios, nuestro único bien, Señor y Creador de todo Jo visible e invisible. Caso bien semejante, por cierto, al que se refiere ·en d capítulo dieciocho del libro de los Jueces, pues, habiéndole hurtado ciertos soldados un ídolo a Micas, gentil e idóJatra, les fué siguiendo, dando lastimosas voces, y pregun– tándole por qué lloraba, respondió diciendo : «Bue1,10 es eso : habéis-

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