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MISIONES CAPUCHINAS EN ÁFR!Ci\ 10.~Con este encuentro respiraron los Padres y tuvieron algún ali– vio por s,er gente segura y conocida, y así, quedándose con ellos. un fi– dalgo principal, que sabía bien la lengua portuguesa, los demás prosi– guieron el viaje hasta la l_ibata adonde se hallaban los compañeros en– fermos; y, como era fiel la guía, pudieron ,de allí, adelante proseguir derechamente los dos su camino y llegar brevemente a San Salvador. Entraron de noche en la ciudad por -obviar -el ruido de la gente, mas l,es aprovechó poco esta diligencia, pues se divulgó luego su lkgada y tan– to, que apenas habían dado noticia al Prdecto del trabajo en que que– daban los compañeros, cuando llegó ,el rey a visitarlos . Abrazólo s, puesto _de rodillas , tres veces y otras tantas les besó el hábito como acostumbraba con todos , mostrándos-eles muy afable y d,evoto. 11.-En el convento se les. procuró asistir a lo s enfermos con la ca– ridad posible y se le encargó su asistencia a Fr. Jerónimo de La Pue– bla, que había sido enfermero muchos años en el convento ele Zarag o– za de Aragón y tení a larga •experiencia ,en Ja curación de los enfermos ; pero, no obstant e, las enfermedades se le s agravaron de suerte que' fué necesario darles ,de allí, a pocos días los Santos Sacramentos. En el ín– terin fueron llegando los demás enfermos que quedaron en el camino, los cuales dieron la noticia de cómo el día siguiente, después de la par– tida de los primeros, fné nuestro Señor servido ele llevarse para sí al Padr:e Vic-eprefecto Fr . Dionisio de Piacenza, y t ambién de allí a seis días a su compañero Fr. Carlos de Génova; de uno y otro -es debido hacer conmemoración por sus virtudes y vi;da ej emplar, bien que co n la brevedad que hemos obs•ervado hasta aquíl con otros siervos de Dio s, que murieron con aprobación de varones santos. 12.-Vida y virtudes del P. Fr. Dionisia de Piacenza.-Del P adre Fray Dionisio de Piacenza, a quien la Sacra Congregación nombró por Vic-epref.ecto para llevar esta nueva misión, hablan las relaciones con especial veneración y devoto encarecimiento de su s exc.elentes virtude s ; entre ellas ponderan singularmente su caridad y ,el abrasado celo que ard¡a en su pecho de la conversión de fos infieles. Dondequiera que se hablaba a.e esta materia, se enc,endía de suerte y con tales ansias, que prorrumpía luego •en copiosas y devotas lágrimas por la pena que le causaba el que hubie se en el mundo quien d,ejara de conocer, amar y servir a Dios. Este celo santo le motivó a salir de la quietud de su celda y a exponerse a los riesgos continuos de la vida, y con licencia de los Superiores se alistó en la misión de Túnez, a donde perseveró alg uno s año s, hasta que la Sacra Congregación le envió al Congo. Era

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