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r78 MISIONES CAPUCHINAS EN 1\FRICA 3.-Detúvose, pues, el navío con las demás embarcaciones en el puerto de Pinda más de un ·mes para surtirse de agua y leña ; en el ín– terin ejercitó nuestro Señor al P. Fr. Juan d e Santiago con muy recios dolores, y tanto, que le fué pr,eciso soHcitar obediencia del Prefecto para volverse a España y ver si, mudando de aire's, podía re-cuperar su salud. Obtúvola y con eso se -embar<:ó -en el navío y se hicieron a la vela para el Calamar, que es tierra de gentiles, a donde -el capitán car– gó de• negros para llevarlos a Cartag-ena de las Indias y sacar el coste de la conducción de los misioneros, según el as~ento que había hecho. Vióse luego una especialísima providencia en que fuese con esta arma– da ,el P. Fr. Juan de Santiago para que pudiese asistir en el último trance de la vida a muchos marineros que, a no ir él allí, hubieran muerto sin los Santos Sacramentos y con el -desconsuelo que s•e puede considerar (44). 4.-Padecieron inmensos trabajos en toda la costa del Calamar y no menores peligros de anegarse por haber en aquellos para}es muchos bajíos y por ser muy frecuentes las tempestades que les combatían cer– ca de tierra, a cuya vista dieron fondo y estuvieron cerca de ocho me– ses. Apenas se hubieron embarcado, cuando en término d e cuatro días se llevó nuestro S'eñor para sí al capellán del nav~o, que era un religio– so agustino irlandés, muy virtuoso y ejemplar, el cual con oelo de pa– sar a Irlanda a la conversión de sus naturales, se ac-omodó por capellán del navío , pareciéndole que a la vu-elta podría lograr sus buenos de seos. Pero el Señor le d,estinó para otra part,e y le sacó de esta vida para darle el pre'mi-o de sus trabajos y que hiciese la guía a otros mu– chos que murieron en este viaje, cuya muerte •era tan aoelerada, que nadie se daba por seguro y todos esperaban el último golpe por ins– tantes. 5.-Pero aunque el P . Fr. Juan, según lo natural, par,ecía s•ería el primero que estrenase los :filos de la parca por sus muchos achaques, la Majestad divina, atenta siempre al común bien de las almas, le con– servó la vida y dió ·suficientes fuerzas para que, en conflicto tan común, pudiese atender a todos y socorrerlos en su mayor necesidad, adminis– trándoles los Santos Sacramentos y disponiéndoJos para aquel último _ tranoe en que se aventura una eternidad de gloria o de pena eterna. (44) Todo cuanto aquí refiere el P. Anguiano sobre Jo que le sucedió al P. San– tiago durante la travesía, lo ha tomado, 1 esumiéndolo, de lo que el propio P. San– tiago nos refiere en su interesante relación (pp. 176-186).
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