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Se fue con prisas a la montaña 399 »Dos circunstancias se daban cita para engendrar dudas sobre si se produciría o no el prodigio esperado: el ambiente de fiesta que reinaba en el pueblo y la presencia de los sacerdotes (ya es sabido que normal– mente el ángel no acudía a dar la comunión, si había en el pueblo sacer– dotes que lo pudiesen hacer). »Así, entre dudas, ilusiones, tedio y esperanza, fue transcurriendo aquel largo día. El desaliento y la incredulidad se hicieron generales, cuando vimos que, por el reloj, el día 18 terminaba sin que nada hubiera ocurrido. Pero hacia la una de la noche, después que algunos empren– dieran la marcha del pueblo, se extendió como un reguero de pólvora la noticia de que, según la hora solar, el día allí no terminaba hasta la 1,25 de la madrugada 60 • »Poco después nos mandaron a los que estábamos en casa de Con– chita, desalojarla, y yo me quedé en el portal en compañía de un amigo de la familia, para evitar la entrada de cualquier persona. Desde mi puesto de vigilancia, dominaba visualmente la cocina y la escalera que conduce al piso superior, donde se encontraba Conchita. ' »Allí se produjo el éxtasis; pero no nos enteramos hasta verla bajar las escaleras con esa clásica actitud en que sus facciones se dulcifican y embellecen de forma extraordinaria. »Al cruzar ella el portal, la multitud que aguardaba se abrió el espacio justo para permitirle pasar, e inmediatamente se arremolinó en torno como un río desbordado. Vi caer gente al suelo y ser pisada por los de~ más. Que yo sepa, nadie resultó lesionado. Pero el aspecto de aquella. fantástica turba, a la carrera, empujándose unos a otros, no podía ser más aterrador 61 • 60 Me parece que se ha puesto desmedida atención en ver si el momento del «milagro» caía o no dentro del día 18, cronométricamente delimitado. Los que están a favor del milagro hacen sutilezas distinguiendo entre hora oficial y hora real según el meridiano del pueblo. Los que están en contra. como .la Comisión, ouscan 0 n esto de la hora una prueba más de falsedad. En el ·cuestionario presentado al. P. Etelvino González hay esta .doble pregunta: «¿Qué hora era? ¿Había pasado ya el día 18?» Lo que yo me pregunto es si no se le ocurrió a la Comisión que esta «dificultad» de la hora, más que en contra, puede venir hablando a favor de la autenticidad del milagro. De haber sido todo cosa montada por la niña y sus cóm– plices, se hubieran cuidado mucho de atenerse a l::is términos del anuncio, para oue nadie tuviese nada que decir, y la escena habría ocurrido sin duda, y bien holgadamente, dentro del día señalado. Lo sucedido muestra que allí ni la vo– luntad de la niña ni la impaciencia de quienes la rodeaban tenían nada que hacer. En ese episodio de Garabandal, al modo de Jo que tantas veces ocurre en la Biblia, las cosas. o los dichos hay que entenderlos según la estimación común o vulgar. Y en la apreciación de la gente que no vive demasiado pendiente del reloj, los días vienen separados -simplemente por el descanso nocturno; la jornada em– pieza con el levantarse de la mañana y concluye con el acostarse de la noche. 61 También en esto del barullo: ha querido encontrar la Comisión pruebas en contra, como demuestra otra pregunta de su cuestionario: -¿El marco ·ambiente de apretones, corridas, achuchones, etc. era"indicado para un evento eucarístico? Sin mucha perspicacia responde el P. Etelvino: «No. Es más: me parece, por varios capítulos, inconveniente.» Y o me atrevería a recordarles -a él y a los comisionados- lo que tantas veces ocurrió en torno a Jesús, por ejemplo, cuando el episodio de la hemorroísa (Le. 8, 43-45).

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