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tante bien a la luz de las linternas... Yo, que no quería perderme deta– lle, estaba también allí para proteger a las niñas, con Ceferino y su hijo; para eso, de rodillas como estábamos, extendimos los brazos y nos cogimos de la mano, formando como µn pequeño valladar en semi– círculo, que impidiera a los curiosos echarse encima de las dos niñas. En un momento dado, yo, para hacer más fuera, alargué la mano iz– quierda, que tenía libre, para agarrarme de una de las ramas del pino (entonces, había algunas muy bajas 11 ), cuando oí exclamar a Loli: "¡Ay, que toca a la Virgen!"... Puede imaginarse mi emoción. »El descenso de los Pinos tuvo, poco más o menos, las mismas carac– terísticas que la subida... Las niñas, siempre en éxtasis, tuvieron aún alguna otra «caída», bien distinta de las nuestras ... Y todo terminó a las puertas de la iglesia. Cuando las niñas volvieron en sí 12 , pude com– probar más a gusto y más despacio, que ellas, ni se habían roto ningún hueso, ni tenían siquiera una marca en las rodillas. Si esto no es un milagro, que vengan los listos y me digan qué es. »Para colmo de mi sorpresa, vi que las niñas, después de todo aque– llo, que nos había dejado hechos polvo a los demás, estaban más fres– cas y enteras que nvnca: sin cansancio ni pesadez, como si acabaran de salir del más reparador y feliz de los sueños. Yo estaba, que no me tenía, y el vestido y calzado, daba pena verlos. Sólo le digo que yo había ido con unos zapatos casi del todo nuevos, de buena calidad, y al día siguiente, o a los dos días, tuve que comprarme otros. »También me sorprendió mucho en las niñas, que ellas no se habían dado cuenta alguna de las cosas que pasaban a su alrededor... y que tenían la impresión de que todo aquello, largo de unas dos horas, había du:rado sólo unos momentos... y que les parecía que apenas se habían movido... » Yo, en visitas posteriores a Garabandal, con miembros de la fami– lia Aledo, tuve la suerte de ver aún muchas cosas; pero es como si se me hubieran quedado más grabadas las que vi el primer día. »Le aseguro solemnemente, que nunca podré olvidar aquello. Aquello era único, y conste que, por mi servicio, he visto no pocas tierras y cosas»... Nuestro hombre me enseñó una fotografía 13 de las cuatro niñas en éxtasis, con la firma de cada una de ellas, y sus años, se la habían fir– mado al día siguiente de los sucesos relatados y allí constaba claramente la fecha: 17 de julio de 1961. «De esto -me dijo él- no me desprendo yo, por mucho dinero que me ofrezcan». Y la guardó con todo cuidado. 11 Hoy hubiera sido imposible hacer esto del señor Otero, pues las ramas bajas de los pinos han desaparecido: la gente acabó con ellas, por llevarse un recuerdo o «reliquia». 12 La entrada de estas niñas en trance es instantánea, dura la fracción de un segundo: levantán la cabeza de golpe, y quedan como clavadas en la visión, que es la que las lleva de un lugar a otro. La manera de terminar es, generalmente, o santiguándose, o dando un beso; lo que ocurre paraa que la cosa acabe, según ellas lo explican, es que "la Virgen se va como si se desharía"» (P. Andreu, informe citado). 13 Comenzados los sucesos, pronto acudieron los fotógrafos aficionados y profe– sionales... Estos vieron la manera de ganarse algunas pesetas vendiendo fotografías de las niñas... Pero ni éstas, ni sus familiares intervinieron para nada en el asunto.

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