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Se fue con prisas a la montaña 99 la caída... Yo lo veía por primera vez, y me estremeció, porque había que ver cómo se desplomaban de golpe, con las rodillas desnudas sobre aquel suelo de piedras y guijarros: el golpe sonó secamente, como un crujir de huesos. »De rodillas sobre los cantos permanecieron un ratito. Miraban fija– mente a algo que estaba delapte y por encima de ellas: sonreían, ¡y qué sonrisa más preciosa!, movían los labios como si hablaran o rezaran, pero en un susurro, de modo que apenas se les entendía alguna palabra que otra... Allí era imposible dudar de que ellas estaban con Alguien. »Yo tenía una posición privilegiada, casi pegado a las niñas, y pude observar a gusto. Incluso me permití hacer algunas pruebas: hice ade– mán de meterles los dedos por los ojos, pasé repetidamente la mano por delante de ellos ... ¡ni una contracción, ni un parpadeo! Estaban total– mente absortas en algo que nosotros no podíamos comprender. A mi lado, -un médico (le vi bien, aunque él trataba de disimular) se atrevió a más que yo, y repetidamente las estuvo pinchando con una aguja en los brazos: tampoco apareció en ellas una mínima señal de que lo hu– bieran sentido. Y conste que estas pruebas las repetimos en otras varias "caídas" que tuvieron durante la "marcha" de aquella tarde. »Al fin, se levantaron y siguieron hacia arriba, hacia los Pinos. No– sotros las seguíamos como podíamos por aquella larga y difícil "ca– lleja" de las apariciones.. . Yo no acertaba a explicarme cóino ellas, que no apartaban un momento la vista de lo alto, seguían el camino sin des– viarse absolutamente nada, ni a la derecha ni a la izquierda. Y ¡cómo sorteaban toda clase de obstáculos, especialmente en el último repecho, tan empinado, con tantos matojos y plantas espinosas. »Cayeron de rodillas ante los Pinos, como si alguien las posara deli– cadamente allí: sin rasguños, sin sudores, sin la más leve muestra de fatiga. En cambio, ¡cómo llegábamos los demás! : sudorosos, jadeantes, con las marcas de nuestras caídas, resbalones y pinchazos... No me extraña que bastantes personas se fueran quedando por el camino. »De rodillas ante uno de los pinos, creo que el del centro, estuvieron un buen rato, rezando, hablando y sonriendo... con alguien invisible. Pegando mi oído a su cara, pude captar algunas palabras sueltas; creo que lo que más repetíap, cuando hablaban, e::-a esto: ¡Qué bien, qué bien! ...Ah, ¿si? ¡Ay, qué bien...!» -Pienso yo, si la Madre Celestial, en aquel día de su fiesta como Virgen del Monte Carmelo, no hablaría a sus pequeñas, de lo mucho de su amor y misericordia hacia todos sus hijos de la tierra, «criaturas en riesgo»... , de los planes de ayuda o salvación en que siempre ha estado empeñada para nuestro bien. Pero continuemos escuchando al señor Otero: «En aquel rato de los Pinos fue cuando mejor pude darme cuenta de lo extraordinario del reír o sonreír de las niñas en éxtasis. Reían con toda su persona... no había allí nada de eso que decimos y que es tan frecuente: reír de dientes para fuera; su risa les desbordaba de dentro, porque yo creo que estaban entonces llenas de una alegría qu nosotros desconocemos. »La gente en torno, empezó guardando un religioso silencio, y luego se puso a rezar, dirigida por alguien. Era ya de noche, pero se veía bas-

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