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98 con una de aquellas caídas que tanto impresionaban y estremecían, se hincaron de rodillas en el suelo. Según costumbre, dirigió el rezo del rosario una mujer del pueblo 9, y las niñas siguieron en su éxtasis durante él, hasta el fin. Cuando los rezos acabaron, ellas se pusieron en pie, salieron majestuosamente de la iglesia y empezaron una marcha extática 1 º hacia los Pinos... Era muy difícil seguirlas; por ello muchas personas, entre ellas las dos damas llegadas de Ribadesella, desistieron pronto de aquella mar– cha, que no era para desentrenados. A nuestro comunicante, señor Ote– ro, no le falta la palabra, incluso la tiene muy expresiva; pero no acierta a explicar la gracia de aquellos andares en éxtasis... «No volaban, como a veces se ha dicho por personas que veían las cosas de lejos y en la oscuridad; no volaban, lo pude comprobar bien. Sus pies se apoyaban en el suelo, pero era de un modo que no sé cómo decir... Mirando siempre y sólo a lo alto, jamás tropezaban con nada, ni resbalaban, ni daban contra ninguna piedra, ¡y cuidado que había piedras y cantos por aquellas calles y caminos de Garabandal! Sobre todo entonces, porque luego el público que· subía iba quitando poco a poco las piedras peores: yo mismo he quitado no pocas en mis diversas subidas. Ellas marchaban como en volandas, sin volar, y los demás, dan– do tumbos y resbalones, porque ¡hay que ver cómo está aquello!, sobre todo para recorrerlo a oscuras o con poca luz. »Las ;niñas pisaban como si los pies tuvieran ojos para acertar a ponerse exactamente en el punto que convenía: siempre sobre las pie– dras o guijarros, o lo que fuera, nunca chocando contra ellos... y con una ligereza y un aire, y un ritmo... No se puede describir. Yo caí varias veces y tropecé muchísimas más; pero, aunque sudoroso y jadeante, logré no despegarme de ellas: ;no podía perderme aquella maravilla. »¡Ah! Se me olvidaba: Antes de entrar en "la calleja",a la altura de las últimas casas del pueblo, en medio de la calle, estrechada por sus paredes, las niñas tuvieron una de sus "caídas". A mí se me paró el corazón con el ruido del golpe que dieron sus rodillas: ¡Ay, Dios! Estas criaturas se han destrozado las rodillas y roto las piernas, me dije. »Pero nada de eso, como pude comprobar luego. Había oscurecido bastante pronto, porque en las últimas horas de la tarde unos nubarro– nes que venían de la sierra aquella que hay detrás, ensombrencieron bastante el cielo; la gente marchaba como podía, pero en silencio,· de– tras de nosotros, cuando de pronto, inesperadame;nte, se produjo eso de 9 Se trata de Maximina González, tía de Conchita. Así, por lo menos, me ha dicho don José Ramón García de la Riva, de quien ya se hablará. Parece que también lo dirigía alguna vez otra mujer del pueblo, Celina González. 10 Se llaman así los desplazamientos de lugar que ocurren durante un éxtasis. En Garabandal han sido frecuentísimas. «Unas veces han marchado todas juntas de frente y a ritmo normal de marcha. Otras, han comenzado juntas, y luego se han ido separando cada una por calles distintas, para encontrarse al fin en un punto determinado, dando muestras de gran alegría en este encuentro. Lo más frecuente ha sido ir de frente y a gran velocidad, de manera que ni los más rápidos podían seguirlas. Ha habido casos en que han hecho las marchas de rodillas, y hasta sentadas... Estos desplazamientos en éxtasis se deben a que la aparición se les cambia o aleja de lugar y ellas la siguien; pero sin saber cómo. No saben definir si van corriendo, andando, tumbadas..., ni siquiera, si verdaderamente se mueven o no» (P. Andreu).
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