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Se fue con prisas a la monwña 97 He recogido directamente esta relación de labios de don Andrés Otero Lorenzo, natural de Santiago de Compostela y residente ahora (1970) en Madrid: él fue testigo y actor de lo que cuenta. El citado día 16, a primeras horas de la tarde, llegaba dicho señor a Garabandal, conduciendo un automóvil: llevaba a la propietaria del coche, señora de Zubiría (don Antonio) y a la señorita Carmen (Menchu) Herrero y Garralda, hija menor de los marqueses de Aleda s. Habían salido de Ribadesella 6 horas antes y Uegaban por primera vez a Ga– rabandal. Pronto cayeron, como tantos otros forasteros, por la casa-taberna de Ceferino Mazón y empezaron a preguntar... sin que nadie pudiera ase– gurarles nada sobre si habría aparición aquella tarde. Loli, que se mo– vía por la casa haciendo cosas, no tardó en aparecer, y de ella supieron que sí la habría (seguramente tenía ya alguna dlamada»), pero sin po– der precisar la hora. Salieron a callejear, para conocer un poco aquel interesante y ext ra– ño pueblo. Pararon en casa de Conchita y hablaron con ella... Les con– firmó en lo de Loli: sí, esperaban algo; pero más tarde. Las campanas de la torre empezaron a lanzar entonces sus primeros toques para el rosario en la iglesia 7 • Los tres viajeros se echaron de nuevo a la calle, y allá se dirigieron, caminando sin prisas. No habían llegado a la plaza, cuando vieron que Conchita pasaba ya, rauda, como traspuesta, y mirando hacia arriba... El señor Otero, hombre fuerte y joven, en sus treinta y tantos años, se lanzó detrás de ella, dispuesto a mantenerse a su lado para observarla a satisfacción: «Impresionaba su figura -me dice~, todo su aspecto. Yo no había visto, ni he vuelto a ver s, cosa igual. La cara, totalmente hacia arriba, con una bellísima expresión; los labios entreabiertos, yo no sé si para rezar o para hablar, o para ambas cosas; las manos juntas delante del pecho, y moviendo entre los dedos las cuentas de un rosario... Pues ¡y su andar! Aquello sí que era único por su gracia y ligereza; parecía llevar un paso normal, y uno tenía casi que correr para no quedar rezagado.» Cuando estaban llegando a la altura de la cc.sa de Ceferino, salió de ella Loli, también en éxtasis, con la misma actitud y expresión de Con– chita; sin mirarse, se emparejaron perfectamente ambas y continuaron hacia la iglesia, no cogidas del brazo como en tantas otras ocasiones, sino sueltas y sujetando cada una su rosario con las manos ante el pecho. El templo se llenó rápidamente de fieles; las dos videntes llegaron en su marcha extática ante la misma barandilla del presbiterio, y allí, s El señor Otero era entonces chófer-mecánico de la Marquesa. El coche que llevó aquel día a Garabandal era un utilitario de la señora de Zubiría, por ser más a propósito para la difícil subida al pueblo. 6 Bonita villa de la costa asturiana, en la desembocadura del río Sella. Son mu– chos los que la eligen para veranear. 7 Solía rezarse a la caída de la tarde, menos los domingos, que era antes. 8 Se entiende, fuera de Garabandal; porque este mismo señor; que hizo posterior– mente más visitas a dicho pueblo, contempló más éxtasis de las niñas, que siempre le dejaron asombrado.
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