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Se fue con prisas a la mon:aña 151 devotamente las .acompañaba en sus paradas y rezos, estaba como tran– sida de sobrenatural emoción. Parecía «el paso del ,Señor», paso de mi– sericordia, por la aldea hasta entonces tan perdida y olvidada. Paso de Dios y de la Virgen entre gentes que nada significaban para el mundo, que hasta entonces nada habían contado en él. Frente a este mundo en furor de desacralización, aquella noche de Gar abandal ·-¡y no fue la única!- parecía . :;mesta para dedicárse a «consagrarlo» todo: las callejas, los rincones, las casas, los arranques de los caminos, la quietud de los campos, el parpadeo de las estrellas ... En cualquiera de esos puntos podía el cielo establecer , contacto con la tierra; desde cualquiera de esos puntos podía 1a torpe creatura humana arrancarse hacia quien la aguarda en todas partes, cercano y lejano tras el sutil velo. «¡Oh noche que guiaste... !» En su silencio amplísimo, bajo un cielo estival y sin fondo, sólo sonaba el rezo de las «estaciones», o el pisar, impresionante y rítmico, de las cuatro niñas en marcha, traspuestas y cogidas del brazo. Hacia el final del recorrido se las oyó decir: «¿Cuándo va a ser el próximo día que te veamos, para que 1a gente venga?.. . Dice la gente que todo esto es una enfermedad nuestra, y los críos nos han tirado pie– dras ... Bueno, si están contenta con nosotras, a nosotras lo. mismo nos da». · Y cuando parecía que todo iba a concluir, se lanzan ellas a una subida a los Pinos, que todos los testigos han calificado de «impresio– nante», tanto por el aspecto de las cuatro niñas, como por la velocidad e ·ingravidez de su ni.archa. Al llegar arriba, Loli, que parecía un tanto temblorosa, decía, ha– blando con lavisión: «Sí, aquí es donde va a hacerse la capilla... Este es un buen sitio... 1s ¿Nos ponemos así?» Y se arrodillaron. Cantaron el himno a San Miguel. Besaron luego en el aire... Y fue en este momento cuando el P. Luis María Andreu... Oigamos el testimonio de don Rafael Fontaneda: «E;n los Pinos, el P. Luis ins– peccionaba a las niñas con toda minuciosidad. Parecía como si no qui– siera perder un solo detalle de lo que estaba sucediendo. 18 Según un apunte que ha caído en mis manos, ya el primer día que las niñas cayeron en éxtasis en los Pinos -fecha que no he logrado precisar-, se oyó a Con– chita, entre otras cosas: «Parecía que me traían arrastrando, sin saber adó: :i.de , hasta llegar aquí... Ya sé cómo se llama el ángel: San Miguel. Lo mismo que un hermano mío¡ pero mi her– mano sin el "San"... Entonces, ¿la capilla ha de ser aquí?... Pero ¡si ahi no se tiene!.. . Yo no sé cómo se va a tener ahí...» Le he preguntado recientemente a Jacinta: -¿Os dijo algo la Virgen sobre cosas que había que hacer aquí en el pueblo, como, por ejemplo, capillas, víacrucis... ? -Que yo recuerde, lo único que pidi_ó de modo ex;ireso fue una capilla dedicada a S. Miguel. · .. . . .. · -¿Dónde? ¿En el lugar que ocupa la actúa! capill:.'ta? -No; en los Pinos. -¿Y cuándo hay que levantarla? -,-Cuando la Iglesia lo permita.

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