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198 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA angélicas de la resurrección... , y entonces sería la gran discrimi– nación de los· que ahora descansaban mezclados. «Tened piedad de todos. Señor... » Casi inconscientemente la mano sacerdotal del P. Fidel se alzó sobre aquella ,vasta mies de cruces y de tumbas, trazando el signo redentor. y de sus labios salieron las palabras litúrgicas: ((Requiem aeternam dona eis, Domine ... Dadles, Señor, a todos el descanso eterno, y que la luz inextinguible resplandezca para ellos.» No sólo el estado de ,los muertos-tanto el aparente como el «realn ,a los ojos de Dios-le impresionaba ,en los cementerios al P. Fidel. Le conmovía también el dolor de los que quedaban, dolor reflejado de mil maneras en las inscripciones sepulcrales: ,,Tus padres y hermanos no t-e olvidan ... Recuerdo de su esposa e hijos... Estarás siempre viva en nuestros corazones... Tu me– moria será siempre sagrada para nosotros ... n ¿ Qué tragedias de dolor, qué hondura de sentimientos no se esconderían muchas veces detrás de esas fórmulas tan sencillas v escuetas? Recordaba él cuánto le había hecho pensar una ;pequ.eñ ,a tumba del cemen– terio de Vigo, en la que, debajo de un nombre, sólo se habían escrito estas cuatro palabras alemanas: «Hier ruht eine Hof– fnungn =· Aquí yace una esperanza. ¿ Cuánto supondria aquel niño para sus padres? Secretos ,que sólo Dios conoce. Le parecía ,al P. Fidel que en los camposantos no pueden recalar los ruines sentimientos humanos. En ellos sólo puede tener vigencia lo que hay de mejor en ,esta ,pobre criatura del hombre, sobre la que nunca sabremos con certeza si tiene más de torcida que de desgraciada. En los cementerios se siente hacia ella una suave mezcla de ternura, de comprensión, y de com– pasión. El currso de los pensamientos y sentires del P. Fidel se hu– biera ,pwlong,ado interminablemente, si no van a cortarlo los muchachos didéndole que ya er•a tiempo de volver. Por el camino, uno de ellos le preguntó: -¿ Qué le parece de este cementerio? -No está mal; y espero que con los años vaya aún mejorando mucho. Pero a mí ,«me decía más cosasn ,el viejo, el que allí por encima de la ciudad abre sus puertas ,a la carretera de Asturias. Yo lo encontraba más bello, más ,recogido, más sugerente. Pa-

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