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196 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA IV Noviembre iba dejando desnuda a la Naturaleza. En el jardín conventual de San Francisco ya no habLa música de :pájaros. Sólo en las mañanas más luminosas sonaba aún el ruidoso chillar de los ,gorriones, que se alborozaban al sol. Aquellos ple– beyos pajarillos no sabían de emi,graciones hacia el Sur: por los mismos lugares y en los mismos nidos pasaban ellos 1as buenas y las malas estaciones del año. Y casi había que ag,radecerles que se quedaran ,a centenares en los tejados y huecos del gran convento fr,ancisoano, para acompañar durante ,el invierno a los hijos de aquel Santo que había amado más que nadie a las cria– turas aladas de Dios. Los pájaros, los frailes y los pobres estaban hermanados por las penalidades durante los días crudos en que el sol no podía con el aliento helado del Septentrión. También sin flores iba quedándose el jardín. Noviembre sólo sabía de ,crisantemos... ~ que florecían sin aroma, y acababan en gr,an número marchitándose sobre las tumbas. Fuertes yÍentos del Noroeste y aigunas heladas de vanguardia esparcían mansas hojas amarillentas al ,pie de todos los árboles ... Por León y por sus vegas el tiempo iba ya cantando las completas de aquel año que parecía no distinguirse de tantos otros años, pero que dejarÍa una huella memorable en la historia personal del P. Fidel. Este vivía intensamente el curso del tiempo: del tiempo que podemos llamar estacional o atmosférico y del tiempo litúrgico. Noviembre no podía sustraerse al recuerdo cristiano de los difun– tos ; ,por eso se fué el P. Fidel una tarde cualquiera, en compañía de al,gunos jóvenes terciarios, a visitar el cementerio que la ci'-'.!– ·dad de León se había d~spuesto pocos lustros antes en terrenos de Puente Castro, pueblo próximo situado en la margen izquierda del Torío. El cementerio aquel era grande y bien acondicionado, pero el P. Fidel le sentía como falto de un no sabía qué, un algo que seguramente sólo el paso del tiempo y el continuado uso de los hombres podrían dar. Hasta sus cipreses eran aún demasiado pequeños para_ otear los horizontes por encima de las blancas
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