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156 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA las invitaciones del P. Fidel. Tanto en unas como en otros había un sincero deseo de hacer bien 1a novena, por,que amaban de veras a ,la ccMadre de Misericordia)) y ,porque buscaban merecer su ayuda o ,profocci6n frente a las mil dificultades de diversa índole que ya se dejaban sentir en su vida joven. Quizá no pu– die11a hablarse aún de grandes dolores o ama11guras ... ; pero Ia mayor parte de ,ellos iban ya sabiendo de sobra que en la vida no es todo sonrisas y flores. Seguramente quien más cerca se encontraba del misterio o lecci6n de la ,ccVirgen del Camino)) era Josefina. A pesar de sus pocos ,años, había sufrido ya mucho, y tenía buena e~periencia de lo que es ,«gemir y llorar» ; ,por eso le decían tanto las bellas estrofas dd Himno a la Vir,gen. La mayor ¡parte de las otras jóvenes, amigas, compañeras, conocidas, no conocían aún el sufrir de penas muy hondas. Si pensaban y creían que la vida es ciertamente triste, abundante en dolores, ,era más bien por lo que oían a otras personas ; ellas no podían decir por su cuenta que la vida fuese tan desagradable. De seguro que también ,ellas se sentían en ocasiones extrañamente melanc6licas, sin saber por qué. y hasta llegaban a ,gustar un agridulce placer en soñar cosas tristes sobre la vida: incomprensiones, soledades, lágrimas... , mas era todo ,por puro sentimentalismo. De verdad, en su propio vivir,. no tenían más cosecha de sinsabores que los causados por ciertas adversidades que no calaban muy hondo: rabietas por– que esto o lo otro no ,les salía a su ,gusto, fastidio por tener que trabajar o estudiar cuando les sentaría mucho mejor estar paseando o divirtiéndose, la desaz6n de la envidia ante los ves– tidos, ,Las j.oyas, el tipo, o el novio de otras chioas <<con más suerte)) ... En cuanto a los muchachos, a pesar de su aparente atolon– dramiento y superficialidad, un fino observador podría descubrir en no pocos de ellos preocupaciones más hondas que las origi– nadas de ,«J,a lucha por la existencia)) ; eran las preocupaciones, las tragedias, de la lucha moral por el espíritu, en la que tanto abundan" las derrotas o caídas. No todos sentían igualmente el peso de su propia miseria ; pero en los más despiertos alcan– zaba grados de angustia Ja amargura de verse tan frecuentemen– te hundidos. Algunos hasta sentían casi físicamente Ias cadenas
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