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TEMPORAS DE PRIMAVERA 155 cantos al Señor Sacramentado y a la Virgen Madre. venía el serm6n, a e.argo siempre de algmn orador de fama. Pero el momento más impresionante era, sin duda alguna, el del .final: cuando toda la masa de fieles se ponía en pie, y bajo las ,po– derosas notas del 6rgano empezaban a cantar vigorosamente el Himno de la Virgen : « !Oh Virgen del ~amino!, Reina y Madre del pueblo leonés: muéstranos a Jesús oivo y glorioso,. que herencia nuestra es, que herencia nuestra es.» Era un tal damor de plegaria, .que difícilmente podía sustraer– se uno a su emoción. Plega,ria dirigida a Aquella que sabía como nadie de amar y sufrir, a Aquella que había· querido co– bijar a la tierra leonesa y su gente desde un trono de divino dolor, a Aquella que estaba allí par.a mirarles a todos con ojos amantí– simos de «Mater Dolorosa», vdados de lágrimas, a Aquella que con su título «del Camino» había d,ado un toque sustancial de trascendencia a tan alta y seria tierra, recordando ,a sus mora– dores que debían estar siempre en marcha, sin detenerse ,en cosa · alguna, hacia horizontes de ete::-nidiad. Y ,ulos ,desterrados hijos de Eva» que vivían en León recordaban fervientemente a la Ma– dre ,dolorida, que Ella era «su vida, dulzura y esperanza» : «Reina León te llama de sus tierras, y su dulzura si tu amor implora. Su vida cuando dice que te quiere, y su esperanza cuando gime y llord. » Tal , estro.fa, con la música orante y bellísima que le había puesto el maestro leonés don Manuel Uriarte, tenía que llegar vibrante de forvor hasta el trono de la ccVirgo potens» y c<Ma~ ter ,amabilis». Entre la masa de fieles que asistí,a a la novena de la catedral podía contarse a casi todas las jóvenes terciarias y a bastantes de los muchachos que en la primavera pasada habían acudido a

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