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TEMPORAS DE PRIMAVERA 147 Llegaron en su paseo a unos altos miradores que daban en– cima de la leone11a, donde ,cuatro leones de terrible fiereza eran caipaces de «poner temor y espanto»_ ,aun en el más intrépido caballero. La coqueta de doña Ana, -como por involuntario des- - cuido, dej,a caer a la leonera uno de sus guantes, y luego em– pi,eza a hacer aspavientos y a mostrar con voz melindrosa su contrariedad, y a ~ecir si no habrá algún caballero tan cumplido · que le rescate •«el su guante tan preciad-o».' El joven conde leo-– nés, sin alardes y sin ruido, se baja derecho ,a la leonera, esp,ada en mano, y rescata el guante de entre los leones, que se quedan como inmóviles de estupor... Cuando regresa al lugar de la reunión, «antes que el guante, a la dama un_ bofetón le hubo dado: --ccTomad, tomad, y otro día, por un guante desastrado no pornéis en riesgo de honra a tanto buen fijo-dalgon. Tan lejos se dejaba llevar a veces Josefina de sus sent1m1en– tos y nostalgias, que terminaba sintiendo como un ipenoso ahogo en -el corazón. Era, evidente que aquello no conduda a ninguna parite, que le estaba haciendo daño. Lo comprendía ya bastante bien, sobre todo desde que había empezado a familiarizarse con la vida ,espiritual. El Amor Divino, cuya realidad había descubierto, o mejor, vislumbrado, una tarde de junio, no podía compaginarse en el alma con aquellas embriagueces desordena– das de sentimentalismo. ¡ Había que reaccionar!_ Mas no er-a fácil la tarea. Muchas semanas irían transcurriendo antes de que la joven lograra' sobreponerse ,eficazmente a los desbordamientos román– ticos de su sensibilidad. Cuando cierto día le había dicho el P. Fidel: ccJosefina, me parece que eres demasiado soñadora... », ella le habfa replicado, algún tanto ruborizada: _:_¿ T ambi-én usted me fo ha notado ? Muchas veces me han dicho lo mismo. Y me voy convenciendo de que tienen razón, y eso .que ahora, a fuerza de golpes y desengaños, v:oy cambiando
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