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-Lo necio del mundo se escogió Dios, para confundir a los sabios; y lo débil del mundo se escogió Dios, para confundir a los fuertes; y lo vil del mundo y lo tenido en nada se escogió Dios, y lo que no es, para anular a lo que es; a fin de que no se gloríe mortal alguno en su acatamiento. -¿Qué es, de todo el Mensaje Evangélico, lo que más le cuesta admitir al mundo? -La doctrina de la Cruz. ¡Cualquier cosa an– tes que eso! -¿Es posible? ¿No les resultan más difíciles, misterios como el de la Trinidad, la Resurrección general de los muertos ... ? Contra este último pre– cisamente se estrelló usted, tanto al hablar ante el Areópago de Atenas como ante el gobernador romano Porcio Festo. -Le digo que cualquier cosa se admite mejor que eso de la Cruz. Mi larga experiencia con ju– díos y griegos no deja lugar a dudas. A los judíos les parece blasfemo enseñar que el Hijo de Dios se dejó poner en cruz; y los helenos tienen por necedad toda nuestra doctrina de la Cruz como único medio de salvación. ¡Si el disfrute, piensan ellos, es lo único que vale en la vida! -¿Qué otra cosa le ha costado más meter en la cabeza a los hombres? -La afirmación del Maestro: «Todos vosotros sois hermanos.» ¡Cuánto he tenido que repetir que se acabaron ya las viejas distinciones que en– frentaban a los hombres; que ante Dios tanto vale un griego como un judío, un escita como un grie– go, un esclavo como un libre, una mujer como un hombre! Todos unos en Cristo Jesús. Esta doctri- 247
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