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dos nosotros, ciertamente, para la FELICIDAD, nunca se nos ha dicho que la vayamos a conseguir aquí. Se nos ha dicho precisamente lo contrario. Y todo el Evangelio se mueve sobre este supuesto. Repasemos la desconcertante teoría de. la bien– aventuranza propuesta por Cristo ... Léase deteni– damente todo el pasaje de San Lucas -6, 20-23-: impresiona. Si fuese lo normal el conseguir un «bien estar» en la tierra como premio a nuestra virtud, no seríamos tan vivamente incitados a «alegrarnos y regocijarnos» en toda situación aflictiva de ahora con el pensamiento de que «grande es nuestra recompensa en el cielo». Jesús cuidó bien de no engañarnos: «No puede estar el discípulo sobre el maestro, ni ser de mejor suerte el siervo que su señor» (Mt 10, 24) ... «En el mun- do tendréis apreturas, pero confiad ... » (Jn 16, 33). No todo en este mundo han de ser apreturas y tribulaciones (y aun en éstas podremos sentir ma– ravilloso consuelo, si Dios quiere); pero asenté– monos bien en el firmísimo convencimiento de que no es lo más importante el pasarlo «ahora» bien, de que es máxima equivocación el volcar en esa dirección nuestros afanes, porque sólo nos en– contraríamos con decepciones y desórdenes. Aho– ra, no ya la felicidad, sino el esfuerzo por mere– cerla. Y alegrémonos de que sea así, en consecuencia de una justa y misericordiosa disposición divina después de nuestro pecado; porque todos los «col– mos» de este mundo están muy lejos de la gran plenitud, y si con ellos se fuera a premiar lo poco bueno que hacemos, entonces ... Tiene amplísimo sentido aquella exclamación del Apóstol (1 Cor 15, 19): «Si sólo para esta vida esperamos en Cris- 188
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