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Para desorientar y envilecer, sirven muchos, muchísimos. Para instruir provechosamente, bastantes me– nos. Para iluminar, y confortar, y consolar a fondo, sólo éste: la Biblia. En él tienen que apoyarse y de él tienen que recibir todos los demás, cuando buscan no entretener, sino sostener... Ya hace más de un siglo, cuando la euforia de la primera revolución científica y maquinista, se dijo en Europa como advertencia a los hombres de Occidente: «Todos los progresos científicos y todos los adelantos técnicos no conseguirán po– blar un solo corazón desierto, ni enjugar siquiera una lágrima.» ¿Hay alguien que pueda desmentir esa afirmación? No ignorarnos que mucho tiempo antes, a caba– llo sobre los siglos V y VI, entre los estertores del mundo antiguo y los difíciles comienzos de una nueva edad, cierto romano ilustre y no pagano, Anicio Manlio Severino Boecio, escribió una obra con este gran título: De consolatione Philoso– phiae («Sobre la consolación por la Filosofía»). Pero ni entonces ni ahora ha logrado nadie conso– larse de verdad a fuerza de meter su espíritu por las páginas o las reflexiones de los filósofos. Y es que nadie puede alcanzar verdadera consolación si no es a base de saber a qué atenerse, es decir, a base de hacer descansar el alma en creencias y esperanzas sólidamente asentadas. Y para esto, la Biblia. Ahí está la Palabra de Quien tiene en todo la primera y la última pa– labra. «Todo lo que ha sido escrito, para nuestra ense– ñanza ha sido escrito, a fin de que, por la pacien- 186
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