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chiquillo que a los siete años se queda ya ¡sin nadie! en el mundo ... » Pedro Jorge marchaba por la vida con el cora– zón bien abierto, y por eso podía comprender tan a fondo lo que de una forma o de otra está ago– biando a nuestros semejantes. A quien se extrañaba, e incluso se asustaba, de que fuera a buscar a los desgraciados por los más miserables barrios de Turín, siendo heredero de un gran señor, replicaba sonriendo: «Jesús, en la comunión, me visita todas las mañanas: yo le de– vuelvo la visita yendo a ver a sus pobres.» -Pero ¿cómo puedes dominar tu repulsión en esas viviendas malolientes? -La casa puede estar sucia, pero nosotros va– mos hacia Cristo. Alrededor de enfermos y des– graciados veo yo una luz especial que no encuen– tro en las casas de los que tienen... Al día siguiente de su fallecimiento escribió de él un periódico socialista: «Amaba a los humildes y a los pobres. Pasó por en medio de ellos hacien– do bien. Subía escaleras estrechas y sombrías; en– traba en buhardillas tristes y miserables ... Todo lo que había en su corazón y en su bolsillo era para los demás. Era un cristiano de fe y de ac– ción.» No sé qué epitafio se habrá puesto en la tumba de Pedro Jorge Frassati; si yo hubiera tenido que escogerlo, me hubiera quedado con esas palabras: «TODO LO QUE RABIA EN SU CORAZON Y EN SU BOLSILLO ERA PARA LOS DEMAS.» Una vida que puede resumirse así, es sencilla– mente maravillosa. ¡Dios nos conceda muchos Frassatis! 184
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