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del Seño:r! Y nunca dejaba de añadir a la ayuda espiritual de sus palabras la ayuda material de su bolsillo. Puedo afirmar sin vacilación que cuan– tos le vieron una vez a su cabecera me rogaban luego insistentemente que le hiciera volver.» Frassati, que por su posici0n podía haberse en– tregado a «disfrutar de la vida» por todo lo alto, no quiso pertenecer a ese número inmenso de cristianos que únicamente desde lejos parecen in– teresarse algo por sus prójimos. El fue haciendo el aprendizaje tan duro como provechoso de ver ele cerca las innumerables calamidades que afli– gen a los hombres. Por eso podía decir: «Pocos tienen el valor de enfrentarse con las dificultades y peligros de los demás y echarse las penas de ellos encima de las propias necesidades, de las mil ocupaciones y preocupaciones de uno mismo ... »Tú sabes que mueren niños; pero no te afecta, porque no has visto nunca a una madre ante el ca– dáver de su pequeño ... »Tú sabes que hay enfermedades que son una verdadera plaga; pero te quedas tan tranquilo, porque rio has visto de cerca la lucha de un tu– berculoso que se agarra a la vida cuando ésta se le está escapando a los dieciséis años ... »Tú sabes que hay escasez de viviendas; pero no te preocupas, porque no has visto nunca lo que es vivir nueve personas en una misma habi– tación ... »Tú sabes que hay huérfanos por ahí; pero no te ha afectado, porque aún no has ido nunca de– trás del fé:retro de una madre, acompañando a un 183

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