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Bastantes veces, no siempre, las famosas «vo– ces cantantes» arropan vidas lastimosamente in– eficaces. No es lo mismo hacer mucho ruido que dar mucho fruto. Por si acaso, desconfiad de los que siempre es– tán dispuestos a despotricar contra todo. Detrás de muchas críticas -malísimamente llamadas «autocríticas», porque sus habituales nunca se critican a sí mismos-, ¿qué es lo que hay? No rara vez, resentimiento y orgullo. ¡Malos elemen– tos para edificar amor a Dios y al prójimo, que es lo que últimamente cuenta en la Iglesia! Muy otra es la actitud de quienes, en verdad, van construyendo «la ciudad de Dios». Es, la su– ya, una actitud basada en el ejercicio de un solo verbo, con dos formas: dar y darse. Por esa acti– tud de vida práctica, no por lo que hablan, se dis– tinguen siempre los cristianos de bandera, como .aquel muchacho italiano, Pedro Jorge Frassati, de quien acabamos de hablar. Un estudiante alemán, que le trató bastante, escribió de él: «Era de lo más cordial que he co– nocido, siempre dispuesto a sacrificarse, y pron– to a prevenir nuestros deseos. Recuerdo que un día, después de haber caminado a pleno sol du– rante toda la mañana, nos sentamos a la sombra, muertos de sed. No había medio de procurarse un vaso de agua; medio en broma, medio en se– rio, yo empecé a quejarme; y los demás me imi– taron ... Pedro Jorge desapareció. Y media hora más tarde volvía sudando, lleno de polvo, con un enorme melón de agua. ¡Para conseguirlo había andado más de dos kilómetros con aquel sol!» Otro detalle. En una excursión de montaña, iba subiendo penosamente todo el grupo, cuando se 180
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