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Tal disposición para servir, característica incon– fundible del verdadero cristiano, hacían de Fras– sati el amigo ideal. Lo han proclamado a una to– dos los que le trataron. Mas para él, la amistad estaba lejos de reducirse a ese trato banal en el que casi sólo se busca tener compañía... Su amis– tad era de esas en que cada amigo puede decir: «Mi alma se ha hecho más grande desde que te conozco.» Era un defenderse y protegerse en la alegre marcha hacia arriba, estimulándose mutua– mente en el propio deber, en el dominio de sí mismo, en la abnegación por el bien. Y de aquí, el ejercicio de la caridad y la lealtad en la corrección recíproca. «Nosotros -escribió uno de sus amigos- llamábamos a esto cepillar– nos unos a otros. Y jamás experimentamos en eso la menor amargura; por el contrario, la cordiali– dad y la confianza aumentaban.» Creo, amigos, que ya va aquí materia de medi– tación... La caridad nos urge; pero no está todo en dar limosnas. 178

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