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»El joven Bonaparte leía a Plutarco, y trataba de pensar y vivir como los grandes hombres de la antigüedad. No es lo mismo que un niño haga un ídolo de Babe Ruth que de Jorge Washing– ton, de Charlie Chaplin que de Lindberg. Jugar a ser un «gangster» no es lo mismo que jugar a ser un soldado. »Todo individuo emprende en los años mozos su marcha por una senda que puede conducirle al desierto o a las montañas, a la belleza de las cumbres o al cieno de los pantanos, donde se complacen en vivir muchos hombres civiliza– dos» (cap. VII, 6). Estas palabras, cuyo autor no fue un Santo Padre, sino un médico de renombre mundial, que consumió su vida en el estudio y observa– ción de la realidad humana, merecen en ver– dad un mucho de atención. El hablaba, sobre todo, para sus conciudadanos de Norteamérica, desde un punto de vista natural y nacional; pero sus palabras sirven muy bien para adoctrinar a todos los que tratamos de entender las cosas desde un punto de vista sobrenatural y eterno. Ellas nos apremian con la lección de la in– fluencia extraordinaria que ejercen sobre el espí– ritu humano esos personajes, o personajillos, a quienes la propaganda, a veces justiciera, a ve– ces engañosa, exalta a la categoría de héroes o de ídolos. Hoy se muestra incontenible por todas partes un ambiente de frivolidad pagana... Pero ¿cómo habría de ser de otro modo, si nuestra juventud no ve exaltados ante su vista, por el cine, la te- 174
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