BCCCAP00000000000000000000749

otra cosa: estamos, jóvenes y no, predispuestos a elegir el mal, y no el bien, cuando nos encon– tramos ante el trágico y permanente dilema de la condición humana: lo peor, y no lo «mijor». »Sin embargo, basados en el falso mito del «buen salvaje» -el hombre puro, dispuesto a ha– cer siempre el bien, a elegirlo sin premeditación– lanzado y explotado por los iluministas (a la za– ga de Rousseau), por los románticos e idealistas del siglo XIX, y hasta por los pedagogos influen– ciados por el freudismo, seguimos tratando a los niños como a unas personas creadas expresa– mente para hacer el bien, o saberlo elegir con eterna preferencia. Es así como hemos llegado a una sociedad que no quiere educar a los niños, porque son poseedores, «a priori», del bien, y porque cada castigo se transforma, bajo esta perspectiva, en algo injusto y también en causa de peligroso complejo. »Santa Teresa no hacía, en el fondo, más que seguir la enseñanza de Cristo, que llamaba a los niños, no para proclamarlos como poseedores del saber supremo, sino para educarlos, para ponerlos en contacto con la ley, para enseñarles a rechazar el mal, al que ellos, por sí solos, no podían ni reconocer ni rechazar... »Creo que Santa Teresa sabía muy bien lo que era eso de la educación, ya que tuvo que moldear a muchas jóvenes en las casas que fundó a lo largo de los paralelos y meridianos del espacio y del tiempo de Castilla. Se dio cuenta, como San Agustín y como Platón, de que es más fácil aceptar el mal que el bien, y que éste es conse– cuencia de un ejercicio espiritual áspero y de 169

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz