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le interesan aún más las personas que los tem– plos. »Alardeáis de que ya podéis hacer sin disimu– los lo que os dé la gana. ¡Desgraciados! La ver– dad es, que el viento de desorden que lleváis den– tro os arrebata en una u otra dirección como a caídas hojas de árbol. Sois esclavos del pecado. ¡Tan jóvenes, y es la muerte, no la vida, la que está obrando en vosotros! Os creeis vanguar– dia, primera línea de tiempos nuevos, y estáis regresando a lo más viejo que hay en el mundo y en el hombre: el desorden, el instinto, la na– turaleza sin domar, el caos. No sois un avance, sino un retroceso. »Y no me digáis que vale más ser sinceramen– te miserables que hipócritamente decentes ... Las dos cosas están mal. Hay que superar lo de mi– serables y procurar que lo de decentes sea autén– tico. Yo he reprochado como nadie las fingidas apariencias de virtud; he proclamado que lo que mancha al hombre, es decir, lo que de verdad envilece, no es lo de fuera, sino lo que procede del corazón; pero tengo que proclamar también que el ser «sinceros» en el mal no redime preci– samente de él; es tan sólo una fórmula fácil, fór– mula de pereza, para encontrar justificación en lo poco que se hace por ser mejores. ¡Yo no ad– mito eso de que, de ser malos, mejor es serlo descaradamente. No. Lo único mejor es tratar de ser sinceramente buenos! »Cultiváis demasiado 'lo natural'... Yo tengo que deciros, que «el Espíritu es lo que vivifica, lo decisivo; la Carne sola no aprovecha para na– da. Y para mí no hay más Espíritu que el que sopla de las alturas de Dios.» 166
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