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paró aquí la cosa, sino que hasta atacaron a las personas que encontraron por la calle. Un hom– bre que protestó, fue arrojado por un puente de siete metros de altura, y solamente la fortuna de caer sobre terreno blando evitó que quedara allí hecho tortilla. Hacían detenerse a los coches de los pacíficos ciudadanos y subían a los techos para bailar sobre ellos ... » Termina el cronista: «Parece evidente, que aquel dogma de que la raíz de todo mal está en la pobreza, no resulta ya defendib1e, cuando es– tamos ante unos «salvajes» que disponen de cos– tosas motocicletas, no menos costosos unifor– mes de cuero negro y van provistos de cámaras, tocadiscos, magnetófonos y demás.» El gamberrismo, que tenía antes brotes o sar– pullidos aislados, va convirtiéndose ya en epi– demia. Pero ¿quién se plan.ta ante los gamberros? Dicen unos, que la Policía y la Justicia. Sin duda, la Policía y la Justicia deben plantar– se ante los gamberros ... Pero no los curarán. Otros dicen, que los padres ... Y, efectivamen– te, los padres tienen que plantarse ante el gam– berrismo de sus hijos con toda energía, y exhor– tar, y reprender, y reprimir. Pero sólo con ener– gía y represión no alcanzarán éxito decisivo. ¿Entonces? Entonces debemos saber todos, que sólo hay Uno que puede curar a la juventud de toda fie– bre de gamberrismo. Imaginémonos que al regresar de su bárbara excursión -mejor, incursión- aquella salvaje mozalbetería, ve interceptada la carretera. No 164

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