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nuestro hay herejes por montones y dos que se quieren casar por alto. Yo vengo comisionado para invitarle y servirle de guía. -¿Está lejos el caserío? -No. bendito Cura; ahí mismo. -Bueno, pero será mañana, porque aun tengo que hacer aquí algunos bautizos más. Me levanté temprano. Púseme a decir la santa Misa en la capilla improvisada, que era una sala de la casa donde me hospedaba, y acudió bastante gente, por la no– vedad o por lo que fuera. Cuando iba a eso del Pater Nos– ler, se acerca el dueño con una taza de café humeante y me dice: -Padre, que no ha tomado su cafetito. Hícele señas con la mano para que me dejara en paz, que entonces no podía tomarlo. -¡Ah!, pues si no lo quiere usted, lo tomo yo -dijo, y de un trago se lo sorbió delante de todos. Salimos, y a eso de las diez pasamos de nuevo por Los Claveles, el fundo de mi amigo Méndez. Mi rucio iba con tantas ganas de caminar como de aguantar unos es– tacazos. Pedí al amigo me prestara otra bestia, y cambié ele lomo. ¡Anda y anda! Atravesamos vegas y estepales. -Oiga: ;, pero no decía usted que el caserío estaba ahí mismo? -pregunté un tanto malhumorado. -Ya vamos a llegar, bendito Cura -respondió el criollo con la mayor suavidad, y arreó un fustazo a su jaca. -Es el caso que mañana debo regresar a Upata, por– que pasado es primer viernes de mes y no voy a dejar a la gente de la parroquia sin comunión-. El párroco estaba también ausente. 44
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