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6.-ASPIRANDO MAYOR FELICIDAD, Al tercer día de jornada llegamos al caudaloso río Kukenán, que poco más abajo r·ecibe la denominación de Caroní. Teníamos que atravesarlo, pero no se encon– traba embarcación ni de ésta ni de la otra parte, y el río estaba hondo. Como buenos nadadores, los indios se industriaron para hacer el traslado de todo, metiendo las cargas en un saco impermeable de goma que yo te– nía, y llevándolas debajo del brazo. Para pasarme a mí, que no sé nadar, inflaron el saco y, amarrándomelo a la cintura, me llevaron de bracete. - ¡De ésta salí!, dije al poner pie en la otra orilla. Dios quiera que no vuelva a encontrarme en apuro seme– jante. El susto fue de monta; pero mayor fue la nube de mosquitos que, como los lobos carniceros, se echa1·on rnbre mi cuerpo. Pido la ropa, mas la tenían aún del otro lado. No pude menos de incomodarme, a pesar del favor que me habían hecho en el vado del 1·ío; pero me atrevo a asegurar que el que sufra aquella plaga con paciencia tres minutos, santo es de primera categoría. Acampamos en Pratahuaká a las tres de la tarde. Había allí unos treinta y cinco indígenas; bendije dos matrimonios y bauticé seis párvulos. Tan ávidos hallé a esos indios de escuchar la palabra divina, que resolví que– darme todo el día siguiente. Enternecíanme sus expresiones al hablarles del pre– mio que Dios tiene reservado para los que en esta vida creen en El y guardan sus mandamientos. -Sí -decían-, nosotros aquí sufrimos mucho, por– que no tenemos nada ; queremos ser muy buenos para que Dios nos premie. Y levantando sus manos en alto exclamaban: «Si, 170

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