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y pasos de indios que desman. Saco la cabeza del mos– quitero y pregunto: -¿ Qué es eso? ¿ Adónde vais? -Saliendo bachaco de agujero -contestó uno-. Nos- otros coge para comer. Me entró curiosidad por presenciar la caza de es– tos insectos alados y, dando un brinco, me fui tras de ellos. Iban en fila, llevando cada uno su tizón encendido y una rama de hojas secas. Aquello parecía el Rosario de la Aurora. De otro rancho algo distante se veían salir también unas lucecitas en fila; otra procesión. Cada cual iba a su coto. Al llegar a él se detuvieron junto a unos agujeros pequeños que había en el suelo. Abrieron cerca de cada agujero dos zanjitas circulares ·que llenaron de agua. Se colocó cada indio frente a su bachaquero en cuclillas, metidos los pies dentro de los círculos, prendie– ron las ramas secas, y, al salir de los agujeros cantida– des de insectos alados, volaban derechos a los focos de luz, quemándose las alas y cayendo inertes al suelo. A los diez minutos estaba éste negro de cadáveres. En lo que amaneció los cogieron todos, llenando va– rias camazas y se pusieron a comerlos así mismo crudos con tal avidez, que a mí me diera envidia si fuera indio. Les pregunté para qué llenaban de agua aquellas zan– jitas y metían los pies en la parte seca de adentro. A lo que respondieron, que para aislarse de los bachacos, no fueran a caer algunos vivos y se llegasen a picarlos. Fue divertida la caza, que ellos salpicaban de chistes, riéndose con la satisfacción del hambriento que está ante un opíparo banquete; pero maldita la gana que a mí me dio de probarlos. 169

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