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picante y se lo llevó a la boca. Uno tras otro, hicieron lo mismo los circuntantes y yo, por deferencia más que por gusto, hube de meter también baza en el banquete. Lo sutil y agudo del pimiento nos hacía castañetear la lengua contra el paladar; los indios hallaban tanto gusto en ello que apenas se daban punto de reposo. Luego saca– ron la camaza de kachirí y fuéronla pasando de boca en boca, empezando por el jefe. Cuando me llegó el tumo, eentí impulsos de correrla al siguiente sin probar -los bordes del recipiente estaban mugrientos de no haberlo lavado hacía años-, pero no me atreví a hacerles tal desaire y apechugué con la pócima. -Ailé man (suficiente) -dijo uno para indicar que él había concluido-. Eso esperaba yo para contestar al punto: --Ailé man. Acabado que hubimos todos, la matrona levantó la mesa, y yo empecé a informarles sobre mi viaje y los propósitos que en él llevaba, a lo que los indios asentían dejando escapar un «ajá» (sí) al final de cada párrafo. Callé yo y entonces prorrumpió el jefe: -1 na, patre (sí, padre) ; por eso nosotros querien– do a ti mucho, porque tú viene mucho a visitarnos. In– dio pobrecito no teniendo nada, y tú da cuanto tiene. Indio no sabiendo nada de torito, y tú enseña. Por eso nosotros queriendo a ti mucho. Tú come comida de in– dio y no haciendo asco, encuentra sabroso. Por eso nos– otros queriendo a ti mucho, Le agradecí las expresiones y le regalé una navaja que llevaba en el bolsillo para que me quisiera más. Em– pecé a adoctrinarlos intercalando cánticos religiosos. Y en esta tarea nos sorprendió la noche. Por la mañana temprano les celebré la santa Misa 167

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